Dama de honor
Ana, mi mejor amiga, nunca tuvo amigas. Solo amigos hombres, incluyéndome a mí. Así que cuando se comprometió, estaba feliz… pero también triste.
—No tengo a nadie que sea mi dama de honor —me dijo una noche—. Siempre quise compartir ese momento con una amiga de verdad.
Esa noche, Ana vio pasar una estrella fugaz. Y, como si aún creyera en la magia, pidió un deseo.
Al día siguiente, desperté… distinta. Ya no era el chico que siempre había sido. Mi cuerpo era suave, curvilíneo, con una voz más dulce y una piel que no era la mía.
—¡Eres perfecta! —me dijo Ana, sin sorprenderse—. Ahora sí tengo a mi dama de honor.
Ella me compró un vestido rosa y me enseñó a caminar con gracia, a sonreír con delicadeza, a maquillarme sin miedo. Al principio estaba en shock… pero ver su felicidad hizo que lo aceptara.
El día de la boda, todo fue mágico. Bailé con el padrino del novio. Me acompaño toda la fiesta, reímos, brindamos, me sentí vista como nunca antes.
Y al terminar la fiesta, él me susurró:
—¿Te gustaría seguir la noche conmigo?
Fui a su departamento. Compartimos algo más que palabras. Cuando me di cuenta estaba en cuatro y mi ropa interior estaba en el suelo. Sin quitarme el vestido me embistió con fuerza. Al terminar estaba en sus brazos. Y esa noche, lo supe:
Mi destino no era seguir siendo quien era.
Mi destino era ser mujer.

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