Hubo un tiempo en el que fui un chico. Dieciocho años de mi vida construyendo una identidad que se ha esfumado. Nunca deseé ser mujer. Mi transformación nació de un error burocrático: en un centro de salud, una mano indiferente me entregó una píldora rosa en lugar del antigripal que necesitaba.
Cuando la tomé mi cuerpo se volvió femenino. Al principio, fue un torbellino de confusión. Aceptar este cuerpo nuevo fue un proceso lento. Hoy, cinco meses después, puedo mirar al espejo y reconocerme.
Sé que fui un hombre. Sé que esto no fue mi elección. Pero eso no cambia el hecho más simple y rotundo: ahora soy una mujer. Y, en lo más profundo de mí, ha surgido un anhelo nuevo, claro y tranquilo. La confusión ha dado paso a la certeza. La resistencia, a la curiosidad. Y la curiosidad a la experimentación, me he probado faldas, medias, vestidos, lencería e incluso he usado vibradores...
Mis amigas dicen que tener a un hombre dentro de ti es mas satisfactorio que cualquier vibrador... Y ya quiero tener a un hombre dentro de mí.
