Sí, llevo puesta una minifalda que resalta mis nuevas caderas, una blusa que deja al descubierto uno de mis hombros —antes gruesos y varoniles, pero ahora delgados y femeninos—. También estoy usando medias de red que dan volumen a unas piernas que roban miradas. Voy camino de ver a mi novio. Sé que esta noche tendremos intimidad, esa complicidad física que compartimos desde que me convertí en mujer, desde el día del Gran Cambio.
Aún así, algunas cosas no han cambiado y permanecen igual que cuando era un hombre. Por ejemplo, nos veremos en el bar, como siempre; estaremos rodeados de humo y pantallas enormes, para gritar goles y maldecir arbitrajes. Él me pasará una cerveza helada, como siempre. Está bien, quizás ahora él me toque las piernas con sus manos, y eso no lo hacía cuando ambos éramos hombres. Pero en el fondo, solo somos dos amigos viendo el fútbol. Como siempre. En el fondo, nada ha cambiado.
