Debo estar lista


Esta no es mi casa. Estos muros me son ajenos. Esta ropa no es mía: apenas llevo unas tiras que apenas y cubren mi cuerpo. Ni siquiera este cuerpo es mío; estas curvas, este peso en el pecho, son desconocidos para mí. 

Está claro. Aquella estúpida bruja de la encrucijada no entendió una palabra. Deseé tener mucho sexo, sí. Grité que lo deseaba tan a menudo como fuera humanamente posible... pero no así. No quería convertirme en mujer. 

Respira. Piensa. Debo encontrar la manera de deshacer el hechizo, de recuperar lo que me pertenece. Pero no ahora. No en este momento, porque los pasos que resuenan en el pasillo son pesados, conocidos… y mi marido debe estar aquí enseguida.

¿Mi marido? Un escalofrío recorre mi espina dorsal. ¿Por qué estoy aquí, quieta, esperando su llegada? ¿Por qué el pulso se me acelera con una mezcla de pavor y… anticipación? ¡Dios mío!

La verdad es un puñal de hielo. La bruja no solo cambió mi forma. Tejió en mis huesos un instinto, cosió en mis nervios un guión. Ha convertido mi existencia en la vida de una esposa sumisa. La rabia hierve en mi estómago, pero se apaga bajo una oleada de urgencia distinta.

Bueno... No hay tiempo para el pánico. Las llaves giran en la cerradura. Un suspiro, involuntario, escapa de mis labios. Mis dedos, por su propia voluntad, se alisan la seda del camisón.

Debo estar lista. Debo estar lista para entregarme a mi marido.





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