Cómo lo hacen las mujeres

 


¡Me siento tan estúpido con este conjunto rojo! Es decir, ¡estúpida! Después de que mi exnovia se vengara de mí por engañarla transformándome en mujer, ¡al principio no podía creerlo!

Estaba experimentando todas esas nuevas emociones femeninas dándome vueltas en la cabeza, estaba fuera de control.  Entonces Mateo, mi mejor amigo me invitó una copa para que me relajara y para platicarle todo. Nunca debí haberle aceptado ese trago. Esto nunca habría pasado...

No estaba acostumbrado a este pequeño cuerpo y no me di cuenta como me fui emborrachando. Conforme fuimos tomando nos fuimos desinhibiendo y comenzamos a besarnos. ¡Nunca pensé que tendría sexo con mi mejor amigo!



Pienso en todo esto mientras me preparo para la sesión de fotos. Mateo me consiguió un trabajo como modelo, pues no podría seguir siendo cargador con este cuerpo. No podré modelar durante mucho tiempo pero necesito el dinero pues verán...

¡Y es que tengo la peor suerte! Primera vez que tengo sexo con un hombre, ¡y quede embarazada! Ahora Mateo y yo estamos preparando nuestra boda y en ocho meses tendré un bebé. Todas estas hormonas y emociones femeninas me hacen amar ya a mi pequeño hijo, y sé que nunca podría renunciar a él. ¡No sé si podré con todo esto! Mi esposo, mi bebé, la casa, y yo debo ser bonita y femeninas...

¿Cómo lo hacen las mujeres? Solo soy un hombre lidiando con este cuerpo femenino. ¡No puedo con todo esto! No puedo parar de reír, llorar y sentir que todo esto me supera. Estoy aprendiendo a ser mujer y esposa. ¿Cómo voy a ser capaz de ser madre?


La libertad de una falda



Vamos, Sam, cariño, termínate de poner el uniforme escolar. Es hora de ir a tu primera clase. No te preocupes, estuviste practicando todo el fin de semana cómo moverte con la falda; lo harás muy bien.

Mira, ya logré que cambiaran todos tus registros en la administración. Ahora figuras como una joven de dieciocho años llamada Samantha. Samuel ya no existe. Así que anda, mi linda sobrina, sin más excusas. Estoy invirtiendo mucho para que estudies en esta escuela de señoritas, donde recibirás la mejor educación.

Sé que te da miedo que se vean las bragas, pero pronto te encantará la libertad que da una falda. Y ni hablar del poder que tendrás sobre los hombres. 





Intentemos pensar con claridad

  


Bueno, intentemos pensar con claridad. Primero le compré esta extraña poción a ese anciano en esta pequeña y extraña tienda. Dijo que a quien lo beba se le concederá un deseo. Realmente no le creí, pero tragué la poción deseando ser feliz. Recuerdo que me quedé dormido y luego, cuando desperté, estaba aquí, en esta casa que no es mía. Y lo peor de todo es que ya no era un hombre… sino una mujer. No tengo idea por qué, pero esta casa realmente me parece familiar. Hay algunas fotos en la pared y parece que la chica de esas fotos soy yo. Pero no tengo idea de quién es el hombre que está conmigo en esas fotos. 



Tengo una sensación cuando lo miro... una sensación extraña. Supongo que debe ser mi… Dios mío, esto sería lógico, este hombre es mi novio… No, tengo un anillo, así que significa… Oh, mierda, es mi marido. Pero ¿qué pasa con la prueba de embarazo que está sobre la mesa… una prueba positiva? Esta debe ser mi prueba. Este deseo de felicidad apesta totalmente… o tal vez no. Mi marido estará muy feliz de saber esto.




Me resulta natural

 

Llevo tanto tiempo viviendo como mujer que ya no recuerdo cómo era ser hombre. Pensar que todo comenzó contra mi voluntad, el día del Gran Cambio, todavía me parece un sueño distante.

Al principio creí que era un castigo. Extrañaba mi voz, mi fuerza, la forma en que me veía en el espejo. Pero el tiempo fue borrando esas memorias, una a una, como olas que se llevan lo que alguna vez fuimos.

Hoy me sorprende lo natural que me resulta todo: elegir una falda, pintarme los labios, caminar con paso ligero. Aprendí a confiar en otras mujeres, a compartir risas y secretos, a entender la dulzura y la fortaleza que coexisten en nosotras.

También aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Ya no desde la rivalidad ni desde la envidia, sino desde una curiosa ternura. Me gusta cuando me tratan con respeto, cuando me llaman “señorita” o “damita”. Y me fascina cuando me montaña o me ponen en cuatro. En esos momentos siento que mi identidad se afirma, que este cuerpo y esta vida me pertenecen.

A veces pienso en el pasado, pero solo como quien recuerda un libro que ya terminó.
Porque ahora sé quién soy.
Y estoy segura de que ya no hay vuelta atrás.




No queda nada del chico que fui



Desde que tengo memoria, sentí que mi alma era y siempre ha sido de mujer. A pesar de que mi cuerpo era masculino. En cuánto me dejaban solo me probaba la ropa de mis hermanas y deseaba ser una de ellas.

Llegó el Gran Cambio. Y transformó mi cuerpo, ahora tenía curvas, suavidad, armonía. Por fin, me veía en el espejo cono realmente soy. Cada día que pasa, aquel niño se desvanece como un eco lejano. Ahora, siento la levedad de los vestidos,  de las faldas, de los bikinis, el balanceo de mis caderas, la dulzura en mi voz. Cultivo mi feminidad con la devoción de quien riega un jardín.

No queda nada de él en mí. Y esa ausencia es mi plenitud. Nunca me gustó ser chico. Amo, con un amor profundo y tranquilo, ser la mujercita que siempre fui.


Una decisión


"Hijo, ya te portaste bastante mal, no te voy a castigar ni a quitar la herencia. Solo te converti en mujer y haré que te cases Ricardo, el hijo de mi mejor amigo que esta estudiando medicina. Ahora debes pórtarte bien y darme nietos o te convertiré en un pájaro. ¿Qué será? ¿"Oh Oh" en la cama con Ricardo, o Chirp Chirp en el árbol de al lado? Tú eliges."

A regañadientes, decidí casarme y haré todo lo que pueda para quedar embarazada.





Orgullosa




Cuando el Gran Cambio me transformó en mujer, mi mundo se desmoronó. Yo era Daniel, un hombre de hueso y músculo, y mi cuerpo se volvió suave y extraño, era una traición a mi ser.

Mi madre, mi único refugio, intentaba consolarme. “No tiene nada de malo, yo soy mujer y estoy muy orgullosa,” decía, luego señalaba sus vestidos, “ese cuerpo es hermoso deberías probarte un vestido.” Yo cerraba los puños y rechazaba su oferta con rabia, aferrado a mi masculinidad, aunque ya no tuviera pene...

Todo cambió en una tarde solitaria. La curiosidad me venció. Con manos temblorosas, me probé uno de sus vestidos. La tela, fresca y ligera, cayó sobre mi piel como algo casi natural. Me vi en el espejo y por un instante no reconocí a la extraña que me devolvía la mirada, ni al alivio silencioso que brotaba en su interior.

Fue en ese preciso momento cuando ella regresó. La puerta se abrió y me encontró allí, ante el espejo, atrapada en el acto. No hubo reproche en sus ojos, solo una lágrima brillante y una sonrisa ancha. No hubo más que hablar.

Han pasado dos años. Ahora soy Delia. Y lo más irónico—y maravilloso—es que ahora estoy orgullosa de ser mujer. Amo mis vestidos que ondean al caminar, la seda contra mi piel y, sobre todo, descubrir la lencería más sexy, ese secreto de encaje que me hace sentir poderosa, deseable y profundamente, inesperadamente, yo.