Mía


El sol entraba por la ventana. Tenía a Valeria sentada sobre mí, y me encantaba sentir su peso.

La tomé de la barbilla, firme, para que me mirara a los ojos.

—Mírate —le dije—. La pastilla y las noches juntos te han domado. Antes eras un desastre, un chico problemático que intentó robar en mi casa. Y ahora… ahora eres mía.

Sus ojos se desviaron. La obligué a mirarme de nuevo.

La senté mejor sobre mi regazo y puse mis manos en su trasero, sin vergüenza, apretando con ganas.

—Hoy vuelves a ser mía —seguí, con la voz baja—. Vas a ser complaciente, ¿me oyes? No me falles.

Ella asintió. Siempre asiente. Me gusta eso de ella.

La acerqué más y le susurré al oído:

—Tranquila, no te voy a dejar sola. Me voy a casar contigo. Y quiero que pronto me des un hijo.

Sentí cómo se tensaba un poco, pero también cómo se pegaba más a mí.

Sonrió. Un gesto pequeño, vacío al principio… pero después sus caderas se movieron solas contra mí.

Esa noche la puse en cuatro. La hice gemir hasta quedarnos sin voz. Y cuando terminamos, se giró, me besó y me dijo entre dientes:

—Quiero ser tu esposa. Quiero tu hijo.

Supe entonces que ya no necesitaba sujetarla. Ella ya era mía. 




¡Funciono!




Escuché los gritos desde la habitación de mi hermano:

—¡Funcionó! ¡Funcionó!

Entré corriendo a la habitación y ahí estaba… ya no era mi hermano. Era una mujer. Mi nueva hermana.

Me abrazó fuerte, llorando de felicidad. Yo también estaba feliz. Sabía que había ahorrado diez años para comprar esa píldora rosa. La noche anterior habíamos platicado hasta muy tarde juntos. Él no podía conciliar el sueño: tenía muchos nervios de que la píldora no funcionara. Sus gritos de alegría me regresaron al presente

—¡Soy una chica! ¡Mi pene desapareció! ¡Mira mis tetas! ¡Míralas!

La miré tan alegre que también comencé a llorar de alegría.

—Tengo mucho que enseñarte —le dije, secándome las lágrimas—. Te enseñaré a moverte con faldas, a maquillarte y a ser coqueta. Me acompañarás a los viernes de fiesta. Vas a ser toda una rompecorazones.

Esa noche, mientras ella se probaba su primer vestido frente al espejo, me quedé mirándola desde la puerta. Movió las caderas despacio, se tocó el cabello, sonrió… y luego me vio por el reflejo.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con una sonrisa pícara.

Me acerqué por detrás, le bajé un tirante del vestido y le susurré al oído:

—Te va a gustar mucho más cuando te enseñe cómo poner a un hombre a tus pies.

Esa noche, entre risas y susurros, le mostré que ser mujer también sabía a piel, a besos prohibidos y a dedos que exploran donde nadie ve.





Mi maid


Tenía 24 años y estuve casada con un hombre cuatro años mayor durante tres años. Al principio, mi esposo fue frío, egoísta y grosero, especialmente en la intimidad, donde sus actitudes me causaban mucho malestar. Siempre ponía excusas para evitarlo.

Hace un año, mi esposo sufrió un cambio repentino: despertó convertido en mujer. Fue un golpe duro para los dos. Ahora ella tiene cuerpo delgado, caderas anchas y pechos, y perdió por completo la testosterona.

Pero ese cambio trajo algo bueno: ahora es dulce, sumisa y obediente. Nuestra vida sexual desapareció, y a mí me vino de maravilla. Ella duerme en otra habitación.


Poco después, por primera vez, la vi haciendo tareas del hogar. Le compré ropa femenina y la animé a usarla siempre. Al poco tiempo, me ascendieron en el trabajo y decidí que ella dejara el suyo para ser ama de casa. Aceptó sin quejarse.

Luego la fui llevando más lejos: la vestí como sirvienta, con delantal y uniforme. Al principio lloró y se resistió, pero terminó aceptando su nuevo rol. Ahora se llama Karina, mi empleada interna. Hace reverencias ante mí y mis invitados, y muchos ni siquiera saben que antes fue mi esposo.

Sigo sin estar con otros hombres, aunque he salido a cenar con admiradores. Con Karina tengo una relación casi maternal: ella dice estar contenta y más relajada así.

Si no hubiera perdido su hombría, seguro nos habríamos divorciado. Pero a veces la vida sorprende… para bien.




El gimnasio

 


A los 24 años, era un chico que acudía religiosamente al gimnasio con la esperanza de encontrar pareja. No había tenido suerte en dos años; las chicas pasaban de largo,  yo era invisible para ellas. 

Todo cambió cuando el "Gran Cambio" me transformó en mujer. De repente, el mismo escenario se pobló de que me seguían. Aunque eran miradas masculinas,  claro. Los cumplidos, los números de teléfono y las invitaciones a salir llegaron sin esfuerzo.

Me gusto tanto la atención que me brindaban que eventualmente deje a uno tomarme. Mi primera vez con este cuerpo fue una revelación; una entrega total a sensaciones que, como hombre, siempre se me negaron.

Ahora visto shorts minúsculos y tops que se pegan a cada una de mis curvas curva. Ya no entreno solo por salud, sino por placer. Después de mis rutinas, busco con la mirada a algún hombre con quien conectar, alguien a quien permitirle que me haga suya en los vestuarios vacíos. He dejado atrás para siempre a aquel hombre virgen e invisible. Ahora soy una mujer que conoce el poder de su cuerpo y no duda en disfrutarlo.

Me he convertido en una mujer




El Gran Cambio me convirtió en mujer. La transformación fue un cataclismo. Primero, el odio. Un cuerpo extraño, pequeño, endeble, una cárcel de curvas y suavidades que me avergonzaba habitar. La fuerza se había esfumado, sustituida por una delicadeza que no quería tener.

Pero la curiosidad es poderosa. Un día me puse un vestido, solo por probar. La seda rozando piernas ahora suaves. Un toque de carmín, un gesto nuevo en labios desconocidos. Fue una rendición lenta, dulce, casi a mi pesar.

Tres años después, el espejo devuelve a alguien que reconozco con alegría. Amo la danza de mis faldas al caminar, el susurro de las enaguas, la suavidad de mis piernas. Y sí, amo esas miradas que me dedican, ese deseo masculino que ahora suscito y que enciende en mí un fuego nuevo, una seguridad sensual que antes no podía ni imaginar. Me he convertido en una mujer. Y me encanta serlo.




Suya

 


El sol entraba por la ventana. Bruno se acercó a mí y me tocó como si fuera de él.

—Mírate —dijo, agarrándome la barbilla con fuerza—. La pastilla rosa transformó tu cuerpo y el sexo todas las noches te han domado.

Quise bajar la vista, pero me sujetó. Me sentó sobre él y puso sus manos en mi trasero sin vergüenza.

—Hoy vuelves a ser mía —siguió—. Sé complaciente. No me falles.

Antes, "fallar" era reprobar un examen. Ahora era negarme a obedecer.

—Tranquila —susurró—. Me casaré contigo. Quiero que me des un hijo pronto. Te encontré robando en mi casa, estabas lleno de problemas… y ahora eres mía.

Me apretó con fuerza. Sonreí sin ganas, asintiendo. Miré la ventana y supe que no había salida. Pero la jaula era cómoda… y ya estaba empezando a disfrutarla.

Esa noche, cuando me puso en cuatro y me hizo gemir, supe que ya no quería escapar. Quería ser su esposa. Quería darle un hijo. Y por primera vez, desearlo no me daba miedo.





Estás guapísima



—¡Estás guapísima, cariño! —me dijo mi tía Larissa—. ¿Ves? Te dije que con el tiempo te acostumbrarías a tu nuevo cuerpo. Ahora eres una mujer de verdad. Cuando el Gran Cambio sucedió, ¿recuerdas cómo llorabas? Ahora mira la sonrisa en tu rostro. Al principio no querías seguir mis consejos, pero ahora confías plenamente en mí. Estoy muy orgullosa de ti, cariño, pero ahora es momento de una pequeña prueba.

—Me gustaría presentarte al hijo de un amigo. Tiene una empresa y una docena de empleados, es un jovencito muy exitoso. Es un hombre muy dominante. Sé que serías perfecta para él. ¿Cómo que para qué? Serás su novia y quizá algún día su obediente esposa… esperemos que todo salga bien entre ustedes. Te verías preciosa con un vestido de novia.

Me mordí el labio sin querer. Ella lo notó y sonrió.

—Ya veo que la idea no te desagrada —susurró, acercándose—. Y cuando él te tome por la cintura y te bese el cuello, vas a olvidar que alguna vez fuiste hombre. Créeme, una mujer dominada por el hombre adecuado… disfruta cada segundo.

Esa noche, antes de dormir, me toqué pensando en él. Y por primera vez, gemí en silencio como una mujer.