El medicamento

 

Había leído sobre un medicamento en un foro. Prometía aumentar la masa muscular y lograr un cuerpo ideal para un macho alfa. La tapa del frasco incluso tenía la imagen de un hombre muy musculoso abrazando a una mujer curvilínea. Pero las instrucciones estaban en kanjis o en alguna otra escritura de Asia, así que no podía entenderlas.

Me dijeron que dos pastillas al día eran una dosis normal, así que terminé tomando dos pastillas al día. Después de unas semanas terminé con el efecto contrario, luciendo como una mujer curvilínea pero sin masa muscular. Intenté contactar con la empresa, aunque fue muy difícil encontré a alguien que entendiera español. Me explicó que la versión que tenía en mis manos no era la versión masculina del medicamento, era la versión femenina. 

Después de colgar, sentí una sensación de malestar en la boca del estómago. La ansiedad fue creciendo en mí, comencé a tener sueños extraños, sueños húmedos pero femeninos, en mi cuerpo femenino besaba y me acostaba con mis amigos. De día no podía ignorar el ensanchamiento de mis caderas y el aumento de pecho que vivía día con día. Mi mejor amiga me acompaño a la sección de lencería femenina. Me ayudó a seleccionar una docena de bragas, tangas y sujetadores mientras estaba allí.



Deje las pastillas unos días, pero empecé a tener cólicos y dolores muy intensos. Los de atención al cliente me dijeron que los dolores se irían si volvía a tomar las pastillas. Entonces fue que volví a tomar las pastillas después de dejarlas unos días. De repente descubrí que quería volver a tener esos sueños, que me hacían sentir tan bien. Empecé a espiar constantemente a mi vecino, sobre todo por la mañana, cuando estaba desnudo hasta la cintura y hacía ejercicio. Y cuando tomaba el sol en bañador en el patio trasero de su casa, no podía apartar la vista de su cuerpo masculino ideal. Tenía un cuerpo de Hércules.

Pero cuando vi su enorme bulto en bañador, mi destino se hizo muy claro. Ya no era el hombre musculoso del frasco de la droga, era esa mujer. Empecé a usar solo faldas en lugar de pantalones y siempre con medias (se volvió un pequeño fetiche).

Salí en mi primera cita con mi vecino poco tiempo después, me descubrió viéndolo y me invitó a salir. Al volver a su casa, me penetró con más intensidad y experimenté mi primer orgasmo femenino. Unos meses después, me convertí en su esposa y cumplía con mis deberes de esposa tres veces al día...


Ahora me conquistan a mí


Mi padre me decía, cuando era pequeño, que algún día sería un hombre grande y fuerte y que conquistaría muchas mujeres. No sé como explicarle que hace ocho meses el gran cambio me volvió mujer y que me encanta serlo.

Lo más difícil va a ser explicarle que ahora soy feliz siendo una nena y que, ahora, me conquistan a mi los hombres. Y me encanta. 

¿Te gusta?

  


"¿Te gusta tu nuevo look Marcos?" me preguntó mi vecino Alex" Ahora que te hice usar faldas y vestidos, el siguiente paso es que tengas sexo como una mujer. De ahora en adelante te follaré tres veces al día. Cuando tengamos sexo, siempre serás la pasiva.





¿Por qué? Ya sabes por qué. Te estoy entrenando para que te conviertas en mi esposa mariquita. Tus únicas liberaciones sexuales vendrán contigo en el papel femenino y yo como tu hombre. Continuaré feminizándote día a día y haré que actúes como una mujer en todo momento. Las hormonas harán que tu cuerpo sea suave y femenino. Te prohíbo usar pantalones, incluso pantalones de mujer. En lugar de ellos, usarás medias. Debes decirme lo guapo que soy. Lo masculino que soy. Lo fuerte que soy. Y me dirás cómo te hace sentir tan femenina tener un esposo como yo en tu vida.



De ahora en adelante, tu nombre será Miranda, mi mujer. Si me lo preguntan, ahora soy tu esposo y tú eres mi esposa. Después de que te acostumbres a esto y te acostumbres a tener tus orgasmos femeninos cuando tengamos sexo, sexo, será muy fácil hacer la transición. ¡Y serás una mujer de verdad!"




Me da miedo


"¡Mamá! ¡Me da miedo caminar por la calle con falda, medias y tacones! ¡Los hombres me miran, he visto a algunos hombres con un una tienda de campaña en los pantalones!"

"Está bien, mi niña, no seas tímida, ya no eres un chico, ¡sino una jovencita hermosa! ¡Acostúmbrate, los hombres ahora mirarán a menudo tus pechos, tus caderas redondeadas y tus piernas bien formadas!"

La tía Karen

 



La tía Karen siempre se quejaba con mi madre de que su marido solo quería sexo con ella. La obligaba a usar solo vestidos y medias, porque era fácil poseerla en cualquier momento y en cualquier lugar. Pensé que no debía quejarse tanto pues todo eso sonaba bastante mejor que ser virgen a los 19 años y se lo dije. 




Mi tía enfureció y me lanzó hechizo. Ahora soy una jovencita de 19 años, comprometida y lista para complacer a su futuro marido tres veces al día. 





Tal vez si pueda entenderme


Llevo unas semanas aquí, en el lugar donde crecí, todo parece muy similar a como siempre fue excepto por una cosa, mi papá y yo fuimos convertidos por el cambio en mujeres. Ella —mi padre— dirige con la misma mano firme de antes. La respetan igual. La miran con el mismo respeto aunque ahora sus formas sean suaves y su voz más dulce.

Nunca la he visto usar una falda. Su ropa es práctica, casi una traducción femenina de su antiguo uniforme: camisas de trabajo y jeans. Es como si el Gran Cambio solo hubiera pintado de otro color la esencia inquebrantable que siempre fue. Por dentro, sigue siendo él. Y eso hace que mi secreto pese más.

Creo que se decepcionará. No solo cambié de cuerpo; borré al hombre que fui. Lo cambié por la fascinación por los vestidos, por el roce de la seda, por la emoción de que un hombre me mire como a una mujer. Por tener un novio que me desea así. Temo que ella, que conserva tanto del pasado, se decepcione de mi.

Unos días antes de mi regreso a la ciudad, para iniciar el próximo año universitario, me sorprendió: "Haré una comida elegante en la finca" dijo. Su voz era suave, pero llevaba ese tono final que no admitía discusión.

La noche llegó. Me puse un vestido largo, azul noche, que fluía con cada paso. Apliqué maquillaje con cuidado, nerviosa. Imaginaba verla llegar con un traje sastre impecable: femenino, pero de líneas duras, una armadura de gabardina. Sería su declaración silenciosa: Soy mujer, pero sigo siendo quien manda.

Pero no fue así.

La vi aparecer en la puerta, y el aire se me atoró en el pecho. Llevaba un vestido. Un vestido rojo con un ligero escote en el pecho pero tab pegado a su cuerpo que hacía lucir sus curvas. Su cabello, siempre recogido con severidad, caía ahora en ondas suaves sobre sus hombros. El maquillaje realzaba sus ojos, ahora grandes y expresivos, y sus labios brillaban con el mismo rojo del vestido. Y los tacones… altos, delicados, haciendo que su estatura, siempre imponente, adquiriera una gracia nueva y formidable.

Se detuvo ante mi mirada atónita. Una sonrisa —no la sonrisa rara y contenida de mi padre, sino una sonrisa amplia, genuinamente femenina y un poco pícara— le iluminó el rostro.

«¿Qué? ¿Una ranchera no puede arreglarse para su hija?», dijo, y su voz tenía un tintineo juguetón que nunca antes le había oído.

Al acercarme, noté el perfume, floral y cálido. La abracé, sintiendo la suave tela bajo mis dedos. «Estás… increíble», logré decir.

«Tú también», respondió, tomándome del brazo con naturalidad. «Vamos. Que nuestra despedida sea a la altura de lo que somos ahora.»

Camino a ma finca en el coche, el silencio era cómodo. Miraba de reojo su perfil contra la ventana, la seguridad con la que manejaba incluso con esos tacones. Tal vez me había equivocado. Tal vez no éramos tan diferentes después de todo. Quizás ella también tenía sus propios secretos, sus propias rendijas por donde se colaba la mujer que ahora era...

Me gustó lo que vi



El Gran Cambio llegó cuando estaba completamente deprimido. Primero pensé que ser convertida en mujer era una de esas tragedias que solo podían sucederme a mí.

Mi mamá estuvo fascinada con que su hijo ahora fuera su hija. Me ayudó a deslizarme en mis nuevos vestidos y, al verme en el espejo, ocurrió el milagro: me gustó lo que vi en mi reflejo.

La tristeza se resquebrajó ante la imagen de mis piernas largas, mi silueta grácil y nueva. La felicidad no vino del cambio físico, sino del reconocimiento. Esa chica coqueta y sonriente del reflejo era yo, por fin revelada, habitando por completo este cuerpo que ahora siento tan bello y tan mío.