Tal vez esto sea lo que merezco. La soledad, al fin, había agotado su paciencia conmigo.
Durante años observé a mi mejor amigo. Atractivo, imán natural de miradas y susurros. La envidia, silenciosa y persistente, fue tejiendo otro deseo: vengarme de él por tener lo que yo deseaba. Transformarlo en mujer poseerl, convertirla en algo… mío.
Conseguí una píldora rosa, del color de un capricho perverso. Con manos temblorosas y una sonrisa tensa, la dejé deshacerse en su copa. Creí que el plan era perfecto.
Ignoraba que él había visto cuando le ponía algo a su bebida.
Y, con una calma aterradora, cambió las copas cuando yo estaba distraído. Al beber perdí el conocimiento...
El despertar fue un naufragio. La cabeza pesada, el mundo inestable. No… yo era inestable. Suave donde antes había ángulos, ligera, extraña. La piel respondía al aire como si fuera nueva. Y al verme en el espejo, una desconocida hermosa y aterrada me devolvía la mirada: vulnerable, expuesta.
Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta. Sereno. Una sonrisa tranquila, casi dulce, jugueteaba en sus labios.
—Así que querías convertirme en mujer —dijo, su voz un hilo suave y cortante—. Para que terminara siendo tuya. Qué idea tan… curiosa. Por suerte, me adelanté. Ahora tú vivirás exactamente lo que querías imponerme. Ropa femenina. Vestidos que se ciñan, faldas que limiten el paso. Tacones que enseñen a caminar de nuevo. Y cada día me demostrarás que puedes ser la mujer perfecta que querías que yo fuera.
Intenté gritar. La protesta se ahogó en mi garganta. Su mirada no era de ira. Era algo más frío, más absoluto: puro dominio.
Y, en lo más hondo, algo se quebró y cedió al instante. Una rendición instintiva, vergonzosa. Esa misma noche me poseyó por primera vez. Pero él era popular, siempre rodeado de otras mujeres, yo moría de celos cuando se iba con otras. Él me decía que yo era su favorita.
Y yo… aprendí a estar bien con ello.