Mírate querida

 

"¡Mírate, querida!", me dijo Darío. "¡Ese conjunto nuevo es aún más femenino que el anterior! Este vestido acentúa tu nueva figura: pechos grandes, caderas anchas... A pesar del tiempo que me tomó, me alegra haberte transformado en mujer. 



¡Ya no te pareces a tu antiguo yo masculino! Creo que usarás siempre solo vestidos y faldas, ¡nunca pantalones! Hoy he invitado a mis padres a cenar. Te mostraré para que te vean como una chica guapa y femenina que pronto se convertirá en su nuera. Quieren un nieto y quiero que les digas que quieres ser mamá cuanto antes. Se quedarán con nosotros a pasar la noche, y por la noche oirán cómo les hacemos soñar. ¡Te juro que nuestra cama estará golpeando su pared toda la noche!"




El tarot

 


Mi novia me dejó. Después de tres años juntos, se fue sin mirar atrás.

Dijo que no era feliz que necesitaba algo distinto.
A alguien distinto.

Me la encontré un par de semanas después, iba  del brazo de otro y luego lo besó. 
Él era más alto. Más guapo. Más… varonil. 

En mi desesperación, terminé entrando a una tienda de tarot. No sé por qué. Quizá buscaba una respuesta. O venganza.

La mujer que me recibió tenía ojos como brasas apagadas.
—Ella ya es feliz —dijo, sin que yo dijera nada—. Pero yo puedo ayudarte a ti… a ser feliz también.

Me tiró las cartas.
El Colgado. La Muerte. La Emperatriz.

—Vas a soltar lo que creías ser. Y entonces, vas a florecer.

Y lo hice. Han pasado tres meses. 

Ahora me llamo Valeria. Tengo un novio que me trata muy bonito y me hace reír como nunca. En la cama es una bestia también es bestia, me embiste con fuerza y me llena de placer todos los días. 

Ahora soy otra, y no solo por fuera… por dentro, también.

Al principio me daba mucho miedo tener sexo con este cuerpo sabía que el sexo como mujer no sería igual a hacerlo como hombre. Y no lo es. Es mejor.  Más intenso, más dulce, más profundo.

Nunca imaginé que perderla significaría encontrarme. Pero ahora lo entiendo.

La tarotista no me mintió. Me mostró el camino. Y lo recorrí con tacones. 

Una mariposa


Desde los cinco años, guardaba un secreto bajo la almohada: quería sentir en mi piel la seda de los vestidos, el tic-tac provocador de unos tacones, el misterio oscuro de los bolsos de una mujer. Un anhelo dulce como un caramelo escondido que no me atrevía a saborear.

Cuando cumpli veintidós llegó el Gran Cambio, y mi cuerpo por fin se puso al día con lo que mi alma ya susurraba desde siempre. Ahora la seda se derrite sobre mis caderas, los tacones marcan el compás de mis pasos como un latido, y los bolsos cuelgan de mi hombro con un aire que dice "soy yo, nena".

Cuando me miro al espejo, esa mujer del otro lado me guiña un ojo. Y soy yo. Las curvas que el vestido abraza, esas piernas torneadas que pedirían luz propia, el busto que se marca justo donde tiene que marcar: todo eso soy yo. Y te lo juro, soy más feliz que una mariposa que salió del capullo.

Por el resto de tu vida



Cuando mi papá falleció, mi madrastra intentó educarme. Misión imposible. Yo era indomable: salía por la mañana hacia la escuela y regresaba tarde, muy entrada la noche, sin dar explicaciones. Ella era solo la mujer que mi padre había elegido, nada para mí.

Hasta que el Gran Cambio tocó a mi puerta.

Amanecí en otro cuerpo. Pequeño. Delicado. Caderas anchas, senos nuevos y suaves. Y abajo... nada. Un vacío que antes estaba ocupado. Mi amiguito se había esfumado.

Supe de inmediato que no podía ver a mis amigos. Los conozco. No éramos precisamente amables con las chicas. El miedo me helaba solo de imaginar qué me harían si aparecía ante ellos así.

Así que empecé a llegar temprano a casa.

Mi madrastra me esperaba con los brazos cruzados.

"Estoy harta de tu actitud. Una desobediencia más y te echo a la calle. Si quieres vivir bajo mi techo, serás la hija perfecta. ¿Entendido?"

Quise cortarme el pelo. No me dejó. Quise usar mi ropa. Desapareció. Aparecieron vestidos. Luego llegó la orden: "Depílate las piernas. Si no lo haces tú, lo haré yo".

Para entonces ya entendía su juego. Pero mi cuerpo no era el mismo. Y mi voluntad... mi voluntad comenzaba a flaquear.

Pero cuando dijo: "Una chica de verdad usa bragas, sujetadores, solo vestidos, medias y tacones", algo dentro de mí se rebeló.

—¡No soy una chica! —grité.

Ella sonrió, tranquila.

—Claro que lo eres, cariño. Ya no eres un chico. Por cierto, tu ropa vieja ya no existe.

—¡No me pondré un vestido más! ¡Esto ya duró demasiado!

Se acercó lenta. Su dedo señaló mi entrepierna, suave y nueva.

—Oh, te los pondrás —susurró—. Ahora eres una mujer como yo. Suave. Femenina. Elegante. Recatada. De ahora en adelante... y por el resto de tu vida.





 

Aprendí a estar bien con ello


Tal vez esto sea lo que merezco. La soledad, al fin, había agotado su paciencia conmigo.

Durante años observé a mi mejor amigo. Atractivo, imán natural de miradas y susurros. La envidia, silenciosa y persistente, fue tejiendo otro deseo: vengarme de él por tener lo que yo deseaba. Transformarlo en mujer poseerl, convertirla en algo… mío.

Conseguí una píldora rosa, del color de un capricho perverso. Con manos temblorosas y una sonrisa tensa, la dejé deshacerse en su copa. Creí que el plan era perfecto.

Ignoraba que él había visto cuando le ponía algo a su bebida.

Y, con una calma aterradora, cambió las copas cuando yo estaba distraído. Al beber perdí el conocimiento...

El despertar fue un naufragio. La cabeza pesada, el mundo inestable. No… yo era inestable. Suave donde antes había ángulos, ligera, extraña. La piel respondía al aire como si fuera nueva. Y al verme en el espejo, una desconocida hermosa y aterrada me devolvía la mirada: vulnerable, expuesta.

Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta. Sereno. Una sonrisa tranquila, casi dulce, jugueteaba en sus labios.

—Así que querías convertirme en mujer —dijo, su voz un hilo suave y cortante—. Para que terminara siendo tuya. Qué idea tan… curiosa. Por suerte, me adelanté. Ahora tú vivirás exactamente lo que querías imponerme. Ropa femenina. Vestidos que se ciñan, faldas que limiten el paso. Tacones que enseñen a caminar de nuevo. Y cada día me demostrarás que puedes ser la mujer perfecta que querías que yo fuera.

Intenté gritar. La protesta se ahogó en mi garganta. Su mirada no era de ira. Era algo más frío, más absoluto: puro dominio.

Y, en lo más hondo, algo se quebró y cedió al instante. Una rendición instintiva, vergonzosa. Esa misma noche me poseyó por primera vez. Pero él era popular, siempre rodeado de otras mujeres, yo moría de celos cuando se iba con otras. Él me decía que yo era su favorita.

Y yo… aprendí a estar bien con ello.




Que cosas


Qué cosas tiene la vida. Cuando era hombre, pasaba desapercibido como una silla en una bodega. Nadie me miraba, nadie me invitaba a ningún lugar, nadie se acordaba de mi nombre.

Pero un día desperté convertido en mujer… y ahora todos me quieren tener.

Antes, cada vez que invitaba a una chica a salir, el "no" me llegaba antes de terminar la frase. Ahora, adivina quién elige. Yo. Solo yo. Los chicos hacen fila para tener una cita conmigo.

Y tengo que contarles esto: en la prepa había un chico, de esos que se tiran a todas y se pasean por el pasillo como si fueran dueños del mundo. Yo lo miraba desde lejos, con esa envidia callada de querer ser él. Pasaron tres años, nos reencontramos… y ¡oh, sorpresa! El que antes ni me registraba, ahora me escribe a las dos de la mañana para invitarme a salir.

Ya no soy el chico invisible. Ahora soy una mujer despampanante que camina en tacones como si hubiera nacido con ellos puestos. Vestidos que se pegan donde tienen que pegarse. Y una mirada que sabe exactamente lo que quiere.

¿Que si me gusta ser mujer? Me gusta mucho más de lo que debería.




Ironía


A veinte, era un chico que se burlaba de las chicas que posaban ante el espejo del baño. La vida, con su cruel sentido del humor, me cobró la burla: el Gran Cambio transformó mi cuerpo masculino en uno femenino.

Al principio fue un torbellino de confusión y miedo. Luego, la aceptación. Me adapté a mi nueva piel, a mi nuevo nombre, a mi nuevo reflejo en el espejo. Un día, sin pensarlo, levanté el teléfono y tomé mi primera selfie aquí, en este baño iluminado por la luz fría. 

Ahora soy una de ellas. De las que se fotografían. De las que buscan el ángulo perfecto, que juegan con la luz y los filtros. En el silencio de este cuarto de azulejos, a veces sonrío ante la paradoja pase de criticarlas a ser una de ellas.