Azafata

  


El dueño de nuestra aerolínea piensa que soy la mejor azafata del mundo. Al principio, me ordenaron que atendiera su jet privado. Y después de unos cuantos vuelos, que terminaron con las medias rotas y su semilla en mi coño, me pidió que me casara con él...

Me pregunto qué haría si supiera que yo era un chico antes de que mi tía me convirtiera en mujer. ¿Aún me invitaría a su oficina y me haría ponerme lencería y modelarsela? ¿Me embestiría con pasión si supiera la verdad? 




Al fin una buena persona

  


El abuelo siempre dice que la magia es kármica y al parecer este hechizo me estaba dando mi merecido...

Desperté como a las 10 de la mañana del día siguiente, estaba desnudo, mejor dicho desnuda, el vestido y los leggins que lleve a la fiesta estaban arrumbados en una esquina de la habitación. mi ropa interior estaba a los pies de la cama. ¡No puedo creer que fui tan tonto! Yo mismo emborraché a alguna chica para que aceptará acostarse conmigo. Ahora estaba del otro lado y me sentía humillado y vulnerable.

Me vestí y salí corriendo de ahí, Toño seguía dormido. Pensé en hacerle algo malo pero recordé que el hechizo que tenía encima de mí, me obligaba a portarme bien, al menos si quería recuperar mi hombría. Y en ese momento era lo que más deseaba.

Le conté llorando lo que pasó a mamá. Ella me consoló y me dijo que se ocuparía de que Toño tuviera su merecido. Pensar que él se despertaría un día siendo un conejo me ayudó a sentirme mejor...

Después de ello no tuve mi periodo por tres meses parecía que por fin tenía algo de suerte y en dos meses más volvería a ser hombre. Sin embargo me vinieron nauseas y vómitos seguidos durante dos días y mamá insistió en ir a ver al doctor. Me hizo los estudios y me dijo lo que más temía: ¡estaba embarazada!



El abuelo me dijo que era imposible volver a ser hombre con un embarazo y que tendría que vivir como mujer el resto de mi vida. Me sentía desconsolado... desconsolada. Después de saber que estaba embarazada me costó pensar en masculino en mi mismo, comenzaba a aceptar que sería mujer el resto de mi vida.

Mamá me enseño todo lo que debía saber sobre el embarazo y la maternidad me dijo que Toño despareció misteriosamente pero que igual no hubiera sido un buen padre para mi hijo que no me preocupara que ella y el abuelo me apoyarían en todo...

Los nueve meses que pasé cargando a mi hija dentro de mí me enseñaron a amar como nunca antes había amado. Cuando supe que mi bebé sería una niña me hizo mucha ilusión enseñarle todo lo que mamá me había enseñado parece que no aprendí a ser mujer en vano. Toda esta experiencia me transformó... y parece que al fin soy una buena persona. Y una mejor madre.







Mejores amigos





La noche era cálida y la música latía como un corazón. Como tantas otras, salí con Juan a bailar, aunque a diferencia del pasado, ninguno parecía interesado en ligar con otras personas. Yo, en mi nuevo cuerpo femenino, a consecuencia del Gran Cambio, y bajo la seda de mi vestido, temía incluso pensar en tener otra pareja. Al principio, creí que Juan no intentaba ligar con nadie para no dejarme sola.

Pero entre nosotros surgía un ritual nuevo. Su mano se posó en mi cintura para guiarme en la pista, y sentí un escalofrío que no era de nervios... Su mirada ya no era la de un camarada: era intensa, específica, recorriendo la línea de mi cuello, la curva de mis labios recién pintados.

Al girar, su palma se deslizó y tocó mi trasero bajo la tela de mi vestido. El contacto, eléctrico, me detuvo el aire. Un rubor caliente subió por mi nuca. Él no se disculpó; solo apretó ligeramente su mano en una de mis nalgas, mientras su sonrisa esbozaba una promesa en la penumbra. La química entre nosotros ya no era de amigos: era un voltaje tangible, un juego peligroso y delicioso donde cada roce reafirmaba a la mujer en la que me había convertido. Y entonces lo entendí: Juan no estaba ligando con nadie más porque yo era su conquista de esa noche.



 


Tengo miedo


"Oh, querida, eres una jovencita tan linda, ¿verdad, cariño? ¿Estás lista para pasearte con tus hermosos tacones nuevos y para servir a Santiago, uno de los mejores hombres que vino a pedirte matrimonio? ¿No? ¿Entonces por qué tiemblas de tanta emoción, querida?", me preguntó mi tía.

"¡Tengo miedo!"




¿Qué? ¿Dices que tienes miedo? Ay, cariño, no hay nada que temer. Mírate en el espejo, cariño. He usado las habilidades que aprendí a lo largo de los años para convertir a mi pequeño jovencito en una mujer hermosa y sexy, ¿verdad? Fue facilísimo porque te parecías mucho a mí de joven. Y debes admitir lo fácil que fue convencerte de tomar una píldora rosa para convertirte en una niña pasiva y sumisa. Nunca llegarás a ser un hombre. Pasaste de ser un niño débil y cobarde a una princesa hiperfemenina.

"¡Pero me da vergüenza ir con un desconocido en falda y medias!"

"Él no es el desconocido, ¡es tu futuro esposo! Es un hombre de verdad y solo él usará pantalones en tu familia. Siempre irás en falda o vestido y, por supuesto, en medias o medias. Ahora eres una mujer y muchas mujeres solo usan vestidos y faldas. Ahora vete, querida. Sirve la comida y la bebida de nuestro invitado. ¡Cuando te conviertas en su esposa, lo harás todos los días!


10 años

 


Recuerdo la confusión y el miedo como si fuera ayer. Tenía diez años cuando llegó el Gran Cambio. De la noche a la mañana, el mundo decidió que mi vida de niño había terminado. Me costó tanto entenderlo; un día jugaba fútbol con mis amigos, y al siguiente llevaba un uniforme de falda plisada, suave y extraña que mostraba mis piernas.

Lo más difícil no fue el uniforme. Fue la transformación misma, ese cambio biológico forzado y acelerado que rehizo mi cuerpo. Dejé de tener mi pene para tener una vulva. Fue un proceso íntimo, desconcertante y aterrador. Me sentía como un extraño en mi propia piel, que además se estaba remodelando sin mi permiso.

El dolor más punzante vino después, en el patio del colegio. Mis amigos, los niños con los que compartía todos mis secretos, comenzaron a evitarme. Sus miradas ya no eran de complicidad, sino de incomodidad y una curiosidad distante. Se rompió un puente invisible, y yo me quedé al otro lado, sola.

Poco a poco, las niñas, con una intuición sorprendente, me hicieron espacio. Al principio era torpe, no sabía los códigos, las conversaciones. Pero me enseñaron. Y mi cuerpo, siguiendo el nuevo rumbo que le habían impuesto, comenzó a cambiar de nuevo: se redondearon mis caderas, crecieron mis senos, mis curvas se suavizaron hasta formar la silueta de una mujer joven. Aprendí a habitar esta nueva forma, a vestirla, a moverme con ella.

Ahora, diez años después, me miro al espejo. Llevo con gusto el uniforme de colegiala, aunque esta versión es más corta, ajustada, elegida por mí y para una sola mirada: la de mi novio. Una sonrisa juguetona se dibuja en mis labios. La ironía de la vida a veces es perfecta. A aquel niño que luchó con lágrimas contra la falda y la pérdida, ahora le late el corazón de una mujer que encuentra una felicidad tranquila y sumisa en sus brazos. Quién lo diría. El viaje más aterrador se convirtió en el regalo más inesperado.





La apuesta

 

Pensé en cómo había cambiado mi vida en los últimos tres años. Hace tres años soñaba con ser esposo y padre. Pero mi jefe, Rogelio, cambió mi vida por completo: apostó con su amigo que podía convertir a un hombre heterosexual en una mujer real, femenina y sumisa. ¡Ganó la apuesta! 



Ahora soy su esposa. No trabajo, me ocupo únicamente de las tareas del hogar, de cuidar a mi esposo y mi esposo dice que cuando tengamos hijos también me encargaré de ellos. Todas las noches abro mis piernas y tomo una polla dura de mi esposo esperando pronto ser madre...




No puedo creer que me resistí

 


No puedo creer que sea tu esposa, Ramiro, y que me resistí a que me feminizaras. 

¿Recuerdas cómo lloré cuando me di cuenta de que mis pezones estaban creciendo y que tenía pequeños bultos en el pecho después de tres meses tomando esas "vitaminas" que me dabas? Ese mismo día me llevaste al centro comercial, compraste mis primeros conjuntos de sostenes, bragas y medias, y me perforaste las orejas. 

Estaba tan asustado y confundido. Pero ahora, gracias a ti, me despierto cada mañana a tu lado, agradecida de ser mujer. Aprecio ser mujer... ¡y soy feliz de ser tu esposa!


Mi tía Elise

 


El recuerdo del porqué de mi furia se ha desvanecido, borroso e insignificante ahora. Solo conservo la imagen nítida del rostro severo de mi madre y el filo cortante de sus palabras: "Por tu comportamiento, pasarás un año completo con tu tía Elise".

Sabía que la tía Elise era doctora, por supuesto. Un dato lejano y sin importancia que solo evocaba la imagen de batas blancas y estetoscopios fríos. Lo que ignoraba por completo era su especialidad. Ahora lo sé con una certeza que ha reconfigurado cada partícula de mi ser.

Mi tía Elise es especialista en transición de género. Su herramienta preferida: la Píldora Rosa.

El tratamiento no fue una consulta, fue una alquimia. Una pastilla de un rosa vibrante, ingerida cada mañana bajo su sonrisa serena y observadora, que comenzó a deshacer al chico que fui. Sentí cómo su mandíbula se suavizaba, cómo sus hombros se estrechaban en una curva delicada, cómo un par de brotes sensibles y tiernos emergían en su pecho. Los pantalones se sustituyeron por suaves faldas que susurraban contra unos muslos que ahora se curvaban de un modo distinto.

Y me dijo, con una calma que no admitía réplica, que mi madre me había enviado a ella porque yo estaba siendo "un chico muy, muy malo".

Ahora, mientras me acuesto en mi nueva habitación, con el suave tacto de mi camisón de niña contra una piel que ya no me pertenece, una sonrisa se dibuja en mis labios. Una sonrisa que es solo mía, un secreto entre mi nuevo yo y el espejo que me devuelve la imagen de una adolescente de mejillas sonrojadas.

Ay, mamá. Qué idea tan perfecta tuviste.

Nunca, nunca volveré a ser un chico malo. Es infinitamente, deliciosamente mejor, ser una niña buena.




De eso se trata

 


¡Siempre necesité sentirme seguro y cálido con un hombre de verdad! Desde pequeño, siempre quise ser una chica. Ahora que Eduardo está en mi vida (y también en mi boca y en mi nueva vagina), siento que algo más grande que yo me necesita y me desea. 

Sí, ahora tengo un cuerpo suave y femenino con pechos grandes, uso vestidos, faldas, tacones, ¡y me ahogo y grito cuando me penetra en cuatro! ¡Pero de eso se trata!




Invisible

 

El Gran Cambio transformó a Javier, el oficinista invisible, en Jimena, una mujer que de pronto, todos veían. Donde antes era ignorado, ahora su jefe, el Sr. Montenegro, le abría las puertas y atendía a sus ideas con una sonrisa. Pero su plan de venganza laboral se desvaneció cuando él, sin reconocer al hombre que fue, comenzó a cortejarla con una sinceridad que la desarmó.

Los emails de trabajo se convirtieron en invitaciones a cenar. Sus debates de oficina dieron paso a conversaciones íntimas. Jimena descubrió que disfrutaba siendo conquistada. Y un día aceptó ser su esposa. 

Ahora, Jimena no lucha por ascensos. Su mundo es el apartamento de lujo que comparte con su marido. Las tardes las dedica a elegir la lencería más sedosa, aquella que hace que la mirada de él se oscurezca de deseo cuando vuelve a casa. Su mayor triunfo ya no está en una hoja de Excel, sino en la forma en que él susurra su nombre por la noche, en la rendición total y voluntaria de su antiguo yo. Había ido a la guerra por un puesto en la empresa, y había encontrado la paz en la sumisión a su hombre. 





Lo qué más quería

  


Después de que el abuelo me convirtiera en mujer lo único que quería era recuperar mi hombría, así que acepté vivir como la niña buena de mi mamá y cambiar mi comportamiento. Además con este cuerpo no me daban ganas de salir al exterior. 

Mamá me enseño a comportarme como una señorita, a maquillarme, a cocinar, a tejer y me dijo que estaba muy feliz porque siempre quiso tener una hija. Estaba determinado a volver a ser un hombre así que la obedecía en todo, aprendí a moverme con falda y tacones. Me maquillaba un poco para estar presentable y me aseguraba de ser una buena hija.

A los que preguntaron les dijimos que yo era Ana, una sobrina que vino a vivir unos meses con mi mamá, y que Daniel,  (es decir mi antiguo yo), consiguió trabajo cerca de la frontera y no volvería en un tiempo. 

Lo más difícil de todo fue adaptarme a tener un periodo, créanme que los hombres no sufrimos nada similar, aún así logre vivir medio año con mi nueva rutina, ayudando en todo a mi mamá y sin darle ninguna queja.

Un día mientras hacia un encargo me encontré a Toño, un amigo mío (de cuando era Daniel), me hizo la plática, una parte de mí estaba feliz pues tenía más de medio año sin hablar con él. Me invitó a una fiesta en su casa, me explicó dónde era, aunque yo lo sabía porque había ido muchas veces como Daniel, acepté para poder convivir un poco con la pandilla.

El día de la fiesta me saludó de beso y me presentó a todos sus amigos (que también eran mis amigos), algunos de ellos me dijeron que era muy bonita, lo cual fue muy raro. Comenzamos a beber y a bailar, bailé con algunos de mis antiguos amigos, nunca pensé que haría algo así. Me estaba divirtiendo. 

Llevaba unas cuatro cervezas bebidas cuando de repente comencé a sentirme extraño... no recuerdo que más pasó ese día.




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Esta caption pertenece a una serie:


Parte 2: Lo qué más quería (ACTUAL)

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FIN DE LA TERCERA TANDA

Este blog publica tandas de apróximadamente 15 captions diarias y luego descansa 5 días antes de comenzar la siguiente tanda. Esta tanda fue de 16 captions. Nos vemos en unos días.

Si quieren ver mas contenido mientras que pasa la espera pueden visitar mi otro blog: vintagetgcaps.blogspot.com




Lo recuerdo todo

 

Lo recuerdo todo. Mis dieciocho años de vida como hombre. La certeza de que nunca quise ser mujer. El error en el centro de salud, la pastilla rosa para el resfriado que lo cambió todo con un trago amargo.

Pero la memoria es solo un eco. La realidad es este cuerpo que se curva donde antes era plano, esta piel que se estremece con nuevos deseos. He aprendido a amar la sensación de los vestidos deslizándose sobre mis caderas, la seguridad de unos tacones que me hacen ir con cuidado al caminar y atraen las miradas de los hombres. Me he rendido al placer de verme en el espejo y reconocer, no al hombre que fui, sino a la mujer en la que me convertí.

Y ahora, con esta verdad asumida, solo anhelo una cosa: encontrar a un buen hombre, tomar su mano y caminar a su lado, no como el fantasma de quien fui, sino como la mujer orgullosa que ahora soy.




Perfecta

 

Mi mejor amigo, Max, es unos 5 años mayor que yo y siempre fue el más macho de los dos. Siempre más alto y fuerte, siempre mejor con las chicas. Cuando mis padres murieron, me hice cargo de mi casa mientras él estudiaba para ser doctor. Me visitaba a menudo y me dejaba dinero para mis gastos, pues cuidar a mi pequeño hermano de 5 años casi no me dejaba tiempo para trabajar.



Finalmente acepté cómo serían las cosas. Cambie mi nombre de pila de Iván a Ivonne y tomé una pastilla que transformó mi cuerpo en uno de mujer. Cuando Max vino a visitarme lo esperé con un vestido y debajo de él llevaba lencería. Le explique que no estaba bien que hiciera tanto por mí sin recibir nada a cambio, que sería su novia y lo atendería de la mejor manera cada que viniera, y si, eso incluye un poco de sexo... 

Todos los nuevos vecinos saben que somos un matrimonio. A veces me siento confundida, pero cuando él está en casa y estamos juntos, soy tan feliz y solo quiero ser la esposa perfecta para él.


La madrastra de mi mejor amiga

 


Estoy vestida con un minivestido negro y tacones, esperando a mi esposo, Alberto. Está por llegar del trabajo y recuerdo como todo comenzó cuando estaba visitando a mi amiga Clara para animarla. Sus padres se acababan de divorciar, su madre había dejado a su padre, dejándolos solos a él y a Clara en su enorme y hermosa casa.

"Te diré algo, aquí tienes una buena vida. Mucho dinero y una casa preciosa", le dije a Clara.

"Sí... pero mi padre no ha tenido la motivación para trabajar duro, me preocupa que nos quedemos sin blanca si no tiene nada por lo que trabajar".

"Pero él te tiene a ti, ¿verdad?"

"Sí, pero me mudaré dentro de unos años, así que eso no le ha ayudado mucho".

"Rayos, bueno, si hay algo que pueda hacer por ti, solo dime. Por cierto, ¿dónde está el baño?" Le conteste. 

"Al final del pasillo, en la puerta del fondo." Lo que no sabía era que Clara había encontrado un viejo libro de hechizos mágicos de su madre. Hechizó un montón de lencería en el dormitorio principal, adonde me envió. Yo estaba a punto de ser de gran ayuda para su familia.




En ese entonces entré en el dormitorio principal. Al darme cuenta de que estaba en la habitación equivocada, estaba a punto de salir cuando la puerta se cerró de golpe. De repente, la lencería de la cama cobró vida y se aferró a mí. Mi ropa vieja se desintegró, dejándome de pie con lencería de mujer que claramente no me quedaba. Pero no por mucho tiempo, pronto mi cuerpo comenzó a cambiar para adaptarse a la ropa. Toda mi figura se encogió a medida que mis extremidades se volvían más delgadas. Mi piel se suavizó a medida que los músculos parecían desaparecer. Sentí un gran placer cuando un par de pechos de copa D crecieron rápidamente de mi pecho y llenaron las copas del sujetador a la perfección. Mi cintura se estrechó a medida que mis caderas se expandían, estirando mi ropa nueva con facilidad. Sentí un placer inmenso al absorber mi pene y reemplazarlo por una vagina ligeramente húmeda, dejando que las bragas se ajustaran perfectamente a mi nuevo sexo y subieran por mi nuevo trasero. Finalmente, los cambios se produjeron en mi cabeza. Mis labios se volvieron mucho más carnosos a medida que mi rostro se volvía más femenino. Mi pelo corto me llegaba a los hombros.



Por razones que desconozco, fui a la cama y me senté. Tengo los recuerdos de una nueva mujer. Me llamaba Elena y me había casado recientemente con mivnuevo esposo Alberto, y ahora tenía una hijastra cariñosa llamada Clara qué era más o menos de mi edad. Amaba a mi nueva familia y haría lo que fuera para aliviar el dolor del divorcio. Alberto había entrado en la habitación y se colocó detrás de mí, su nueva esposa. Lo miré y le dije: «Alberto, cariño, ¿puedes ayudarme a quitarme esta lencería?».

Alberto me desnudó, me di la vuelta y lo rodeé con mis piernas, con una mano en el bulto creciente de Steve y la otra en los botones de sus pantalones. Le dije, seductoramente: «Steve, ¿estás listo para tener nuestro primer hijo juntos?».


Que rápido pasa el tiempo

 


Qué rápido pasa el tiempo, pensé, estaba esperando a que mi marido volviera a casa. Hace 10 años, yo era un tipo normal hasta que conocí a Javier, el hombre que me convirtió en mujer. Al principio me resistí, pensé que nunca me acostumbraría a esta nueva vida. Y ahora soy una ama de casa, esposa y madre típica.

Me paso el día en vestido, sintiendo las medias apretadas contra mi suave entrepierna, soñando con lo que me hara mi marido al llegar a casa. Soñando con traerle un martini como a él le gusta y sentar mi bonito y suave trasero en su regazo. Se le pondrá dura y sentire su hombría endurecerse contra mi suave trasero. Mis pezones rosados ​​se endureceran mientras le susurrare al oído que me había portado mal y que necesitaba una nalgada. Me llevaba al dormitorio y me mostraba quién era el marido y quién la mujer. Quién llevaba los pantalones y quién vestido.


Nunca desee ser mujer


Nunca deseé ser mujer, fui obligado a tomar una pastilla rosa. Y sin embargo... ahora me siento demasiado femenina y me gusta mucho que mi novio sea muy viril, eso me vuelve loca. 

Hoy lo estoy esperando en lencería. Le encanta decir que su novia es una niña sumisa.

Cuando mis padres regresaron

 


Ni siquiera sabía cómo presentarme de nuevo con mis padres. ¿Cómo podía explicarles que la guapa y sexy mujer que yo era ahora antes había sido su hijo, al que habían dejado al cuidado de Benjamin, el vecino? 




Sin embargo, estaba segura de que tenía que hablar con ellos a solas en cuanto los vi. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entraron por la puerta y gritaron emocionados: "¡Ahí está!"! Me abrazaron sin esperar a que dijera nada. Justo después, Benjamín entró por la puerta y mis padres parecían igual de felices de verlo. Mi madre lo besó en las mejillas y mi padre le estrechó la mano con firmeza y una gran sonrisa. Mis padres le dijeron lo bien que me había tratado. Luego se rieron con él y le guiñaron el ojo. "¡Espero que pronto vayan a darnos un nieto!", exclamó mi madre con entusiasmo. Le dieron las gracias y lo abrazaron por haber hecho realidad su sueño. 

A partir de entonces, me relajé y dejé que Benjamín me tomará cuando quisiera. De hecho, cada vez que lo esperaba en casa, estaba segura de esperarlo con lencería y en una pose provocativa, alentadora y receptiva.



El collar de los deseos

 


"Sé que querías una esposa, ¡pero soy tu amigo! ¿Por qué me convertiste en mujer y en tu esposa?", le pregunté a Jaime.

"En realidad, no quise convertirte en mujer... Encontré este collar y lo llevaba puesto cuando deseé tener una esposa. Ahora he descubierto que concede un deseo... y parece que tú te convertiste en mi deseo."

"¡Pues déjame usar el collar y desearé volver a ser yo!"

"No lo entiendes. Aunque era tu amigo... te has convertido en mi esposa... la esposa perfecta para mí. ¡Y me acabo de enamorar de ti! Te mantendré así y me deshare ese collar mañana."

"¡¿Qué?! ¡No! ¡No puedo vivir como tu esposa! No quiero usar vestidos y faldas. No quiero preocuparme por la regla... y... ¡Dios mío! ¡Rompiste el collar con ese martillo!"

Lo siento, querida, pero parece que tienes muchas ganas de volver a ser hombre. No podía arriesgarme a que pidieras tu deseo. Tendrás que acostumbrarte a usar vestidos, porque solo yo uso pantalones en nuestra familia. No tendrás que preocuparte por tu regla cuando te embarace ni durante los siguientes 9 meses, ¡no necesito magia para convertirte en mamá!



Nunca podré volver a ser un hombre

  


Llevo tanto tiempo viviendo como mujer que no recuerdo cómo es ser hombre. No recuerdo cuándo fue la última vez que usé pantalones. Antes no usaba faldas ni vestidos, y ahora me siento incómoda sin medias.



Lo he hecho todo: salir con hombres, casarme, hacerme amiga de otras mujeres casadas. Me encanta como se dirigen ahora a mí: "Señorita", "muñeca", "princesa". Estoy segura de que ya no hay vuelta atrás, nunca podré volver a ser un hombre.




Una niña con falda


Guado un recuerdo de la secundaria, nítido como una fotografía. En el recreo, mi mejor amigo Sabo y yo, dos chicos comunes, compartíamos secretos sin importancia. "A mí me gustan mucho las niñas con falda", me confesó una vez entre juegos. Yo asentí con una sonrisa sincera: "A mí también". Y era verdad. En aquel entonces, era un gusto inocente del adolescente que fui. 

El tiempo dio un vuelco inesperado. Llegó el día del gran cambio, me convertí en una niña. El proceso fue largo, un río de dudas, adaptación y descubrimientos.

Ahora, años después, la vida ha tejido un círculo perfecto. Yo soy una niña que falda. La que cruza el parque con el viento jugueteando en sus piernas, la que elige su ropa cada mañana pensando en verse coqueta. Y Sabo, mi mejor amigo de aquellos recreos infinitos, ahora camina a mi lado con su mano en la mía. Es mi novio.

Sabo, ese niño al que le gustaban las niñas con falda encontró a la suya. Y fui yo.




Nadie pensará que fuiste un hombre

 

Cariño, no te preocupes, nadie pensará que una vez fuiste un hombre. Incluso teniendo pene eras tan afeminado, tan blando, tan débil. Y ahora, después de la feminización con pastilla rosa, con esos lindos pechos, con caderas anchas y siendo cogida todas las noches, ¡eres una mujer de verdad! ¡Y, por supuesto, esa falda y ese top te hacen lucir divina!

Qué

 


"...Pero Susan, me pediste que ayudara a tu hermano con las mujeres porque le daba vergüenza. Me pagaste y acepté ser mujer por un mes. Me convertiste en la mujer que le gustaría a tu hermano. Acepté usar faldas y vestidos todo el tiempo, porque es un pequeño fetiche de tu hermano, y... Bueno, sí, hemos tenido mucho placer. Luis incluso me pidió que fuera su esposa... Pero ya han pasado cinco semanas" 

"... ¿Qué quieres decir con que si he usado tampones o compresas? No he tenido la regla... Sí, Luis siempre se corre dentro de mí, nunca usa condones... ¿Pastillas? ¿Qué pastillas?... ¡No me hablaste de estas pastillas!... ¡¿QUÉ?! ¿Estoy embarazada? ¡Ay, no!... ¡Seré mujer para siempre! ¡No!... ¡Sere la esposa de Luis! ¡No!"


Todo está bien

 

Los últimos meses fueron una confusión para mí. Apenas podía recordar a un hombre grande y fuerte acercándose a mi en el bar gay y después me invitó a su casa. Me pareció correcto. Era un hombre tan agradable y que tomaba las riendas, así que no me sorprendió cuando sacó las medias y las bragas. Fue divertido usarlas por un tiempo, pero cuando quería quitármelas, me decía que pronto me resultarían muy cómodas. Y cada vez que intentaba discutir, me agarraba y me miraba fijamente a los ojos, hablándome. Su voz era agradable, tranquilizadora. Claro, era extraño que insistiera en llamarme "pequeñita", "muñeca", "cariño", haciéndome disculpar y empezar de nuevo cada vez que le decía que era un chico y luego me hacía repetir "sólo soy una chica tonta. Soy sólo una mujer débil" una y otra vez. 


Tal vez tenía razón, tal vez yo era tonto y débil. Pero estaba bastante seguro de que era un hombre, y el hecho de que se ofendiera por eso me desconcertaba. Aún así, él dijo que pensar era su trabajo como hombre y mi "marido". Algo extraño, pero bastante excitante. Además, una noche sentí que mi cuerpo cambió: mis pechos crecieron, mis caderas se hicieron anchas, y entre mis piernas ya no había nada. Solo suavidad. Y ahora las medias y las bragas se ajustaban cómodamente a mi entrepierna plana. Era muy cómodo.

Un día me hizo desnudarme hasta quedarme solo con medias y bragas. Me dio un sujetador, un vestido y tacones altos y dijo que de ahora en adelante los usaría constantemente y nunca más me pondría pantalones. Quería discutir, pero sentí que debía obedecerle. Mi marido dijo que no saldría sin ponermelos. 

Me seguía llamando "buena chica" cuando hacía lo que me decía y me hacia sentir bien. Una vez me dijo que iba a tener su bebé. Empezó a cogerme tres veces al día, siempre llenándome con su semilla. Cada vez sentía orgasmos múltiples. Después de me entere que estaba felizmente esperando mi primer bebé. Mi esposo no dejaba de acariciarme la panza, me compraba vestidos de maternidad nuevos, lencería y medias. Me amaba, lo sabía, y me enamoré de él. Todo estaba bien.