Ahora uso la misma falda


El uniforme de las chicas, en mi secundaria, es sencillo: falda azul marino y blusa blanca. Tengo muy clara la imagen de Verónica, la chica que me volvía loco, usándolo cuando rechazó ser mi novia. En ese instante de dolor, se quebró mi masculinidad con un sonido seco.

El Gran Cambio solo hizo oficial lo que esa grieta había empezado. Ahora soy una chica como ella, la misma tela que rozaba sus piernas me ciñe la cintura. Uso la misma falda con el mismo tono de azul. Al abrochar la blusa frente al espejo, la revelación es tranquila: mi destino nunca fue ser su novio, sino como su mejor amiga. 



 


Pasaba los días mirando

 


Pasaba mis días en la oficina mirando a mis compañeras. Las faldas ajustadas, los labios pintados, el perfume que dejaban al pasar. Nunca fui irrespetuoso. Pero sí curioso. Muy curioso.

Un día, sin explicación, desperté en un cuerpo que no era mío. Piel suave, cabello largo, curvas donde antes no había nada. Era una mujer. Y estaba atrapado en la misma oficina… pero del otro lado.

Al principio, fue incómodo. Las miradas. Los comentarios. Cómo me escaneaban de pies a cabeza sin pudor.

Pero con el tiempo… empecé a notarlo.

Los hombres me ofrecían café. Me abrían la puerta. Me invitaban a almorzar… y luego a cenar.

Me decían que era hermosa. Que mi risa los volvía locos. Y uno de ellos… me preguntó si quería quedarme a dormir. No dormimos mucho esa noche pero si estuvimos juntos en la misma cama y pude sentir sus embestidas.

No sé si esto fue un castigo o un regalo. Solo sé que ahora entiendo muchas cosas. Y que, de formas que jamás imaginé… me gusta ser la mujer que antes solo sabía mirar.