Una oleada de calor, traicionera e inmediata, sube por mi cuello cada vez que siento el peso de las miradas. Es un recorrido lento, una inspección de mis pechos, ahora suaves y prominentes, que pasa por la curva nueva de mis caderas y baja, por mis piernas. Es una atención que no solicité, un escrutinio que convierte mi cuerpo en un objeto de deseo.
Mi marido, lejos de incomodarse, ostenta un orgullo silencioso. Su mano posesiva en mi cintura parece decir miren lo que es mío. "Cariño, deberías acostumbrarte", me dice con una sonrisa despreocupada, "es el precio de ser uana mujer bonita". La frase resuena con una ligereza que me desconcierta. A él, claro, le resulta fácil decirlo. Es un hombre. Habla desde el lugar del cazador, no de la presa.
Yo también pensaba igual cuando era hombre.
Ahora, desde este lado del espejo, comprendo con una lucidez que corta el aliento: lo que entonces era un simple piropo en mi mente, era esto. Esta ola de rubor, esta tensión entre el rechazo y una validación envenenada. Una lección de humildad que llegó demasiado tarde, tallada en la misma carne que ahora atrae las miradas.














