El siguiente paso

  


¿Ves, querida? ¿No te dije que si te feminizaba con esa pastilla rosa serías más feliz que nunca? ¿No es mejor la vida siendo mujer? La ropa tan atractiva que puedes usar. El maquillaje. Los zapatos. Los accesorios. ¿No se siente maravilloso ser tan guapa? ¡E incluso la forma en que los hombres te miran, haciéndote sentir tan deseada! Has hecho un trabajo maravilloso adaptándote a tu nueva vida femenina, ¡y estoy muy orgullosa de ti! 

¿No es hora de que des el siguiente paso y empieces a pensar en tener sexo con un hombre? Te ayudará a sentirte y pensar más como una mujer de verdad. Sabes que lo deseas. Solo dilo, y podrás dar el siguiente paso, Paulo, tu ex mejor amigo estará encantado de ayudarte. 



Todo estará bien

 

"¡Papá, esto no es justo! ¡No me lo merezco! Sí, sé que mis notas son malas y que me metí en problemas. ¿Y qué? ¡Conozco a un chico que ni siquiera va a clase y su padre no le hace esto!"

"Mira, hijo... quiero decir, hija." Su voz era pesada, como si cargara con el peso del mundo. "Sé que no te parece justo. Pero tampoco lo es que yo reciba un informe tras otro de tu comportamiento inapropiado. No es justo que te haya dado lo mejor de mí, solo para que me devuelvas malas notas y discusiones. Criar solo a un chico no ha sido fácil. Esta... fue la única solución que encontré. Está comprobado: las chicas se portan mejor. Lo hago por ti tanto como por mí. Lo hecho, hecho está."

"¡Pero papá, no quiero ser una niña! ¡Odio esto!" Sentía mi boca seca y me raspaba la garganta al hablar. "Odio este uniforme con falda, odio los vestidos, las medias, los tacones... No quiero maquillarme ni peinarme. ¡Y ahora me cuesta más estudiar! No me puedo concentrar, solo... solo me la paso mirando a los chicos guapos de la clase."

Una sonrisa extraña, casi triunfal, se dibujó en su rostro.

"Eso no es tan malo, cariño. La píldora rosa a veces tiene ese efecto: hace a sus usuarias... más sensibles, más hormonales. Pero no te preocupes." Se acercó y me tomó la barbilla con una ternura que ya no sentía genuina. "Yo me encargaré de que encuentres un buen esposo. Solo tendrás que preocuparte de ser una esposa estupenda para un hombre rico y afortunado. Todo estará bien."





En el Motel

 


Llegué primero para tener el control. Elegí un motel de esos con luces tenues y espejos en el techo. Me puse un vestido de satén rosa que se deslizaba por mi cuerpo como agua; era tan corto que al caminar sentía el aire. Como toque final, unas zapatillas de tacón alto. Me perfumé con una fragancia dulce y me senté a esperar, sintiendo la humedad de la excitación y los nervios…

Estaba a unos minutos de ver a Beto, mi mejor amigo de la primaria, el de cuando yo era un chico. Mi infancia había quedado muy atrás: el Gran Cambio me había convertido en mujer en plena adolescencia. Aún no decidía si decirle quién era yo en realidad. Quizá sería mejor que no lo supiera.

Cuando escuché los tres golpes en la puerta, sentí que me desmayaba. Abrí y ahí estaba él: metro ochenta y cinco de hombre. Su espalda ancha llenaba el marco de la puerta. Se veía más rudo, más imponente que en las fotos. Me sentí diminuta a su lado.

—Fátima… por fin puedo verte de cerca —dijo con una voz tan profunda que sentí un escalofrío en la columna.

Entró y cerró la puerta con llave; el clic del seguro sonó como una sentencia. Se acercó a mí con pasos lentos, como un depredador que sabe que ya atrapó a su presa. Mientras se acercaba, tuve recuerdos de nuestra niñez que ahora chocaban con mi deseo carnal.

Me tomó de la cintura con sus manos grandes, pegándome a su pecho firme. Tuve que ponerme de puntillas, sintiendo la suavidad del satén contra la rudeza de su pantalón. Comenzó a besarme el cuello, buscando el punto exacto detrás de la oreja, mientras sus manos bajaban por mi espalda, disfrutando la forma de mis caderas.

Sus manos subieron lentamente por el dobladillo de mi falda. Contuve la respiración. Sus dedos rozaron la piel de mis muslos y luego, con una seguridad que me hizo gemir, llegaron a mi entrepierna.

Se detuvo un segundo. Solo uno. Me separó un poco de él para mirarme a los ojos. Yo lo observaba a través de mis pestañas postizas, buscando esa cicatriz en su ceja. Beto sonrió con esa picardía que tenía desde niño, pero ahora cargada de una intención puramente sexual.

—Tienes algo que me vuelve loco, Fátima… y voy a disfrutar cada centímetro de ti —me susurró, antes de cargarme y lanzarme a la cama.

En ese momento supe que, aunque él no sabía quién era yo, la conexión entre nosotros seguía ahí, transformada en algo mucho más intenso y placentero. Se quitó la playera, dejando al descubierto ese pecho moreno y marcado, y yo solo pude morderme el labio inferior, agradeciendo al destino por habernos reunido en aquella habitación. Lo que siguió fue pura magia… y fuego.




Las Pastillas

 

Había leído sobre ese medicamento en un foro de culturismo. Prometía resultados increíbles: aumento de masa muscular, definición, el cuerpo de un verdadero macho alfa. La tapa del frasco mostraba a un tipo enorme, musculoso, abrazando a una mujer curvilínea. Justo lo que quería.

El problema: las instrucciones estaban en un idioma asiático que no entendía.

Pero dos pastillas al día son dos pastillas al día, ¿no? Una en la mañana, otra en la noche. Dosis normal.

Las primeras semanas no noté nada raro. Hasta que empecé a verme al espejo y algo no cuadraba. Mi pecho... no era pecho de hombre. Eran senos. Bonitos, suaves, redondos. Mi cintura se estrechaba, mis caderas se ensanchaban. La piel, antes áspera, ahora era sedosa.

Entré en pánico. Busqué el email en el empaque y escribí. La respuesta llegó rápido:

"Lo sentimos. El frasco que recibió corresponde a la versión femenina del producto. La imagen en la tapa era genérica. No hay devoluciones."

Colgué el teléfono y sentí un vacío en la boca del estómago. Algo se asentó dentro de mí.

Esa noche soñé con Gustavo. Un chico de la oficina, ese que de pronto me pareció atractivo pero no lo quería admitir. En el sueño estaba en sus brazos, me sostenía con fuerza, me poseía. Entraba en mí. Desperté acelerada, confundida... y húmeda.

Mi ropa ya no me quedaba. Los hombros se habían angostado, las caderas pedían espacio. Fui a una tienda y compré bragas, tangas, sujetadores. Vestidos. Faldas. Pagué en efectivo, sin mirar a la vendedora, con las manos temblando.

Intenté dejar las pastillas. Un día, dos, tres. Pero me sentía vacía, irritable, incompleta. Como si algo faltara. Como si mi cuerpo reclamara lo que ahora necesitaba.

Volví a tomarlas.

Y supe, con una claridad que helaba la sangre y a la vez calmaba todo, que estaba condenada a vivir así. Que no había vuelta atrás.

Ahora, cuando me miro al espejo, veo a una mujer. Y cuando pienso en Gustavo... bueno, digamos que ya no me escondo de esos pensamientos.




Así nació Diana

 




Desde que tengo memoria, anhelé ser una nena. Mi mayor fascinación era observar a mamá y a mi hermana mayor prepararse. Las admiraba mientras se vestían con sus faldas cortas, medias relucientes y zapatillas altas, radiantes de una feminidad que para mí era inalcanzable. Era un espectáculo que atesoraba en secreto.

Cuando el gran cambio me convirtió en mujer, no hubo terror, sino éxtasis. Era un sueño hecho realidad. Cuando mamá y mi hermana aceptaron que era irreversible, me tomaron de la mano con una sonrisa comprensiva. "Entonces, debemos enseñarte a ser una mujer", dijeron.

Nuestra primera misión fue el centro comercial. Fue un rito de iniciación. Sus manos expertas eligieron para mí bragas de encaje y mi primer sostén. Bajo las luces del probador, me deslicé en vestidos y faldas que se acoplaban a mis nuevas curvas como un guante. Mi reflejo en el espejo ya no era el de David. Una adolescente con pequeños pechos y caderas más redondeadas me devolvía la mirada, con un brillo de reconocimiento en los ojos.

En ese instante, no hubo dudas... Ya no era David. Con la aprobación de las mujeres que siempre admiré, y con la nueva ropa colgando de mi brazo, ahí, entre sedas y sonrisas, nació Diana. Por fin, mi cuerpo coincidía con el alma que siempre llevé dentro.




Un milagro hecho realidad

 


Siempre me gustaron los hombres y deseaba estar con ellos, tener relaciones con ellos. El problema es que era un joven profundamente religioso y sabía que lo que deseaba era un pecado. Rezaba todas las noches deseando poder cumplir mis sueños. Para mí, era una justa recompensa por haber sido fiel al Señor durante tanto tiempo.

Una noche, mis oraciones fueron escuchadas mientras dormía. Mi cuerpo se transformó: mi pene se retrajo y, en su lugar, apareció una vagina. El vello corporal se me cayó y una larga melena cayó sobre mis hombros. El Gran Cambio me eligió como una de sus bendecidas.

Desperté y al instante me sentí diferente. Corrí al espejo y vi los cambios. ¡Me había convertido en una hermosa mujer!

No pasó mucho tiempo para poder hacer realidad mis fantasías de estar con un hombre: mi nuevo cuerpo era precioso y muchos comenzaron a cortejarme. Yo me dejaba consentir, pero seguía siendo una persona religiosa y no cedí a mis deseos. Siempre les dije a todos mis pretendientes que debían casarse conmigo si querían tener relaciones sexuales.

Sé que en unos pocos años estaré tumbada en una cama recibiendo a mi marido dentro de mi cuerpo. Es solo cuestión de tiempo.









Clínica Venus: Profesora de Asignatura

 

Antes de la Clínica Venus, mi vida era una fotocopia en blanco y negro: clases, tareas por corregir y noches de soledad viendo series. Mis alumnos apenas me recordaban al día siguiente y los demás profesores me trataban como parte del mobiliario.

Todo cambió con aquella promoción: “Reinvéntate, descubre tu mejor versión”. Pensé que sería una charla motivacional… pero no. Un mes después, me miraba en el espejo y veía a una mujer joven, de curvas suaves, cabello sedoso y una sonrisa que podía hacer olvidar la gramática más complicada. Ahora soy Miss Laura, la nueva maestra de inglés.

El primer día de clase, las miradas masculinas me siguieron como si llevara un imán en la cintura. Los colegas, antes indiferentes, me ofrecían “ayuda” para cualquier cosa. El de Educación Física se empeñaba en traerme café cada mañana; el de Historia se ofrecía a llevarme a casa “por seguridad”.

Pero los más intensos eran los padres de familia. En las juntas, algunos me dedicaban más atención que a las calificaciones de sus hijos. Uno de ellos, un empresario viudo, fue directo: me invitó a “practicar conversación en inglés” en su casa. Acepté, y aquella tarde no hablé mucho inglés sino más bien hablé con muchos gemidos.

Pronto, mis noches dejaron de ser aburridas. Entre las cenas con colegas y las escapadas con padres solteros, mi vida y mi pelvis tienen más acción que nunca… y yo disfruto de cada minuto.

Hoy, mientras preparo mis clases, sonrío al recordar mi antigua vida gris. La Clínica Venus no solo me convirtió en la profesora más deseada del instituto… me dio una materia extraoficial que todos quieren cursar, aunque no aparezca en el plan de estudios.