Lo recuerdo todo. Mis dieciocho años de vida como hombre. La certeza de que nunca quise ser mujer. El error en el centro de salud, la pastilla rosa para el resfriado que lo cambió todo con un trago amargo.
Pero la memoria es solo un eco. La realidad es este cuerpo que se curva donde antes era plano, esta piel que se estremece con nuevos deseos. He aprendido a amar la sensación de los vestidos deslizándose sobre mis caderas, la seguridad de unos tacones que me hacen ir con cuidado al caminar y atraen las miradas de los hombres. Me he rendido al placer de verme en el espejo y reconocer, no al hombre que fui, sino a la mujer en la que me convertí.
Y ahora, con esta verdad asumida, solo anhelo una cosa: encontrar a un buen hombre, tomar su mano y caminar a su lado, no como el fantasma de quien fui, sino como la mujer orgullosa que ahora soy.

