La boda de mi ex prometida

 

Hoy se casa Vanessa. Hace dos años, ella estaba comprometida conmigo. El anillo de compromiso que yo le había regalado  brillaba en su mano en ese entonces. Pero hoy se casa con otro hombre; mejor dicho, con alguien que sí es un hombre.

Yo fui varón hasta hace dos años. Me llamaban Alexander. A solo dos meses de nuestra boda, ocurrió el Gran Cambio. No fue una elección, fue un cataclismo biológico que reescribió cada célula de mi ser. De la noche a la mañana, dejé de ser Alexander y me convertí en Aylin. Mis hombros se afinaron, mi voz se suavizó y un cuerpo de mujer, ajeno y a la vez íntimo, se alzó donde antes había uno masculino.

Un día Vanessa vino a verme, pálida y con los ojos hinchados. Me tomó la mano, ahora más pequeña y delicada, y me dijo las palabras que partieron en dos mi existencia: "Te sigo amando, Alex, pero no me atraen las mujeres". Era una verdad simple, cruel e inapelable. Nuestro compromiso se disolvió como azúcar en agua.

Sin embargo, seguimos en contacto. En un acto de amor que aún me conmueve, ella se convirtió en mi guía. Me enseñó a caminar en tacones, a elegir un lápiz de labios, a entender los códigos silenciosos de la feminidad. Con el tiempo, el dolor agudo se atenuó y nos volvimos amigas. Una amistad extraña, nacida de las cenizas de una pasión truncada.

Hoy estoy en su boda. Llevo un vestido rojo, ceñido al cuerpo, abierto de una pierna y con tirantes transparentes. No estoy aquí para lamentarme. He llegado a gozar profundamente de ser una mujer guapa. Siento las miradas de los hombres deslizarse sobre mí, cálidas y apreciativas, y disfruto de esa atención. Algunos son muy guapos, y los observo con una curiosidad que antes, como Alexander, nunca habría entendido. No sé si algún día me anime a tener intimidad con uno de ellos pero de momento ya me gusta ver el menú. 

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