El recuerdo del porqué de mi furia se ha desvanecido, borroso e insignificante ahora. Solo conservo la imagen nítida del rostro severo de mi madre y el filo cortante de sus palabras: "Por tu comportamiento, pasarás un año completo con tu tía Elise".
Sabía que la tía Elise era doctora, por supuesto. Un dato lejano y sin importancia que solo evocaba la imagen de batas blancas y estetoscopios fríos. Lo que ignoraba por completo era su especialidad. Ahora lo sé con una certeza que ha reconfigurado cada partícula de mi ser.
Mi tía Elise es especialista en transición de género. Su herramienta preferida: la Píldora Rosa.
El tratamiento no fue una consulta, fue una alquimia. Una pastilla de un rosa vibrante, ingerida cada mañana bajo su sonrisa serena y observadora, que comenzó a deshacer al chico que fui. Sentí cómo su mandíbula se suavizaba, cómo sus hombros se estrechaban en una curva delicada, cómo un par de brotes sensibles y tiernos emergían en su pecho. Los pantalones se sustituyeron por suaves faldas que susurraban contra unos muslos que ahora se curvaban de un modo distinto.
Y me dijo, con una calma que no admitía réplica, que mi madre me había enviado a ella porque yo estaba siendo "un chico muy, muy malo".
Ahora, mientras me acuesto en mi nueva habitación, con el suave tacto de mi camisón de niña contra una piel que ya no me pertenece, una sonrisa se dibuja en mis labios. Una sonrisa que es solo mía, un secreto entre mi nuevo yo y el espejo que me devuelve la imagen de una adolescente de mejillas sonrojadas.
Ay, mamá. Qué idea tan perfecta tuviste.
Nunca, nunca volveré a ser un chico malo. Es infinitamente, deliciosamente mejor, ser una niña buena.

