Ahora uso la misma falda


El uniforme de las chicas, en mi secundaria, es sencillo: falda azul marino y blusa blanca. Tengo muy clara la imagen de Verónica, la chica que me volvía loco, usándolo cuando rechazó ser mi novia. En ese instante de dolor, se quebró mi masculinidad con un sonido seco.

El Gran Cambio solo hizo oficial lo que esa grieta había empezado. Ahora soy una chica como ella, la misma tela que rozaba sus piernas me ciñe la cintura. Uso la misma falda con el mismo tono de azul. Al abrochar la blusa frente al espejo, la revelación es tranquila: mi destino nunca fue ser su novio, sino como su mejor amiga.