Soy un creyente. De los de verdad. Mi congregación —la de la Calle del Redentor— nunca se anduvo con medias tintas. La Palabra es clara, y nosotros la cumplíamos. Yo, más que nadie. Solía ser Samuel, el de la tienda de herramientas, el que nunca faltaba a un culto, el que dirigía el estudio bíblico de los hombres. Mi vida era un edificio firme, levantado versículo a versículo. Mi esposa, Abigail, era mi ayuda idónea. Callada, piadosa, su lugar era a mi lado. Todo tenía un orden, un propósito.
Hasta que sucedió el Gran Cambio.
No fue un rapto, ni un éxtasis. Fue despertar una mañana con una piel que no era la mía, suave como la de mi esposa. Con una voz aguda. Con un peso nuevo en el pecho y unas caderas pronunciadas. Me miré en el espejo del armario y vi a una extraña. Una mujer. Abigail lloró en silencio, escondiendo el rostro en las manos. Yo recé pero el cielo permaneció en silencio.
El Pastor Ezequiel nos llamó a su despacho, tapizado en cuero oscuro y olía a polvo de libros sagrados. Su mirada, antes llena de respeto hacia mí, ahora era una fría evaluación.
“Samuel ya no existe”, dijo, sus dedos golpeando la Biblia. “Lo que queda es… Sara. Y la ley de Dios es clara: Dos mujeres no pueden ser pareja. El vínculo matrimonial está disuelto.”
Abigail, dejó de ser mi esposa en ese instante. Una orden divina, dictada por la boca curtida del Pastor.
Luego, su mirada se posó en mis pantalones, los mismos de carpintero que usaba el día anterior. Frunció el ceño. “La mujer no vestirá ropa de hombre… porque es abominación a Jehová tu Dios. Eso también debe cambiar, Sara.”
Entregué mis pantalones, mis camisas, toda mi ropa cotidiana. Me dieron vestidos. Telas largas, que rozaban los tobillos, con mangas hasta el codo. Me vestí con la sensación de llevar un disfraz.
Nuestra casa siguió siendo la misma, pero todo era distinto. Abigail y yo, ahora “hermanas en Cristo”, compartíamos el techo pero no la cama. Hablábamos de las labores, de la congregación, con una amabilidad recortada que me dolía más que un grito. El vacío entre nosotras era un territorio nuevo, yermo, prohibido.
El Pastor Ezequiel comenzó a venir los martes. No solo a orar. A presentarnos hombres.
“Eliab es un buen hermano, trabajador. Josué viene de una familia piadosa.” Los traía como quien muestra herramientas útiles. “Dios, en Su sabiduría, las ha puesto en este estado. Jóvenes, sanas, con la bendición de poder dar fruto. Su deber ahora, Sara, Abigail, es dar vida. Es el mandato primigenio: ‘Fructificad y multiplicaos’. Es su camino de regreso a la gracia.”
Al principio, odiaba este cuerpo blando. Odiaba mis caderas, que se balanceaban sin mi permiso. Odiaba mis senos, que me recordaban mi nueva fragilidad. Odiaba los vestidos, que me enredaban al caminar. Odiaba las citas, las conversaciones forzadas con hombres cuyas miradas eran de deseo al verme.
Pero el tiempo es un maestro paciente.
Me acostumbré. Me acostumbré al balanceo de mis caderas ahora es un ritmo. Me acostumbré al peso de mis senos, una parte de mi nuevo mapa. Me acostumbré a la tela de los vestidos, a su roce contra mis piernas, a cómo el viento los moldea. Me acostumbré a bajar la mirada cuando me hablan, a suavizar mi voz, a recibir el brazo de Eliab para caminar.
Eliab es… correcto. No es brusco. Habla poco, pero sus manos, grandes y marcadas por el trabajo, son gentiles. En nuestra última cita, al despedirnos en la puerta, su mano rozó la mía y no la retiré.
El Pastor tiene razón. Este es mi deber ahora. Mi vieja vida, la de Samuel, se construyó sobre el deber. Cumplir la ley. Proveer. Proteger. Esta nueva vida, la de Sara, también tiene un deber. Dar vida.
Ya no odio. He aceptado. Mis caderas están listas para llevar vida. Mis senos, para alimentarla. Este cuerpo, que una vez fue una prisión, se ha convertido en un templo.
Cierro los ojos y recuerdo las palabras del Pastor: “Su misión es dar vida”. Ya no suenan a castigo. Suenan a destino.
Creo que estoy lista. Para entregarme a Eliab en cuerpo y alma. Para que cumpla conmigo el designio de Dios. Para que mi vientre se vuelva fértil. Para cumplir, al fin, con mi deber más sagrado.

