No puedo creer que el Gran Cambio me convirtiera en mujer.
No puedo creer que aceptara la invitación de un hombre a salir. Que dijera "sí" con una voz que apenas era un hilo de aire. Que me pusiera tacones que me hacen tambalear. Que la velada fuera de risas fáciles y confesiones difíciles, bajo la luz tenue de un restaurante que olía a albahaca y a posibilidades.
No puedo creer que después, temblando, acepté ser su novia. Que mi mano se entrelazara con la suya en el cine, que aprendiera el sabor de sus besos, que mi nuevo nombre en sus labios sonara, poco a poco, a verdad. A hogar.
Y no puedo creer, menos que nada, lo que acaba de suceder. Lo dejé entrar en mi. Ls barreras entre lo que fui y lo que soy se disolvieran mientras me embestía con fuerza. El placer, un río desconocido y profundo, me arrastrara sin dejar rastro del hombre que una vez creí ser, en esos momentos me volví una putita deseosa de sexo. No hubo dudas ni pensé en lo que fui hace pocos meses. Solo un presente palpitante, un vértigo dulce, y este cuerpo que, para mi propio asombro, ha aprendido a cantar.
Cuando pasó el Gran Cambio, juré que nunca me gustaría ser mujer. Luché contra cada cambio, maldije cada ajuste. Me aferré al fantasma de mi vieja piel como a un salvavidas.
Pero la vida da vueltas, sí. Vueltas como la seda de un vestido azul al caer al suelo. Vueltas como los brazos de alguien que te encuentra, no a pesar de quién eres, sino precisamente por ello. Y al final del giro, aquí estoy: sin poder creerlo, pero creyéndolo, al fin, todo.
