Por el resto de tu vida



Cuando mi papá falleció, mi madrastra intentó educarme. Misión imposible. Yo era indomable: salía por la mañana hacia la escuela y regresaba tarde, muy entrada la noche, sin dar explicaciones. Ella era solo la mujer que mi padre había elegido, nada para mí.

Hasta que el Gran Cambio tocó a mi puerta.

Amanecí en otro cuerpo. Pequeño. Delicado. Caderas anchas, senos nuevos y suaves. Y abajo... nada. Un vacío que antes estaba ocupado. Mi amiguito se había esfumado.

Supe de inmediato que no podía ver a mis amigos. Los conozco. No éramos precisamente amables con las chicas. El miedo me helaba solo de imaginar qué me harían si aparecía ante ellos así.

Así que empecé a llegar temprano a casa.

Mi madrastra me esperaba con los brazos cruzados.

"Estoy harta de tu actitud. Una desobediencia más y te echo a la calle. Si quieres vivir bajo mi techo, serás la hija perfecta. ¿Entendido?"

Quise cortarme el pelo. No me dejó. Quise usar mi ropa. Desapareció. Aparecieron vestidos. Luego llegó la orden: "Depílate las piernas. Si no lo haces tú, lo haré yo".

Para entonces ya entendía su juego. Pero mi cuerpo no era el mismo. Y mi voluntad... mi voluntad comenzaba a flaquear.

Pero cuando dijo: "Una chica de verdad usa bragas, sujetadores, solo vestidos, medias y tacones", algo dentro de mí se rebeló.

—¡No soy una chica! —grité.

Ella sonrió, tranquila.

—Claro que lo eres, cariño. Ya no eres un chico. Por cierto, tu ropa vieja ya no existe.

—¡No me pondré un vestido más! ¡Esto ya duró demasiado!

Se acercó lenta. Su dedo señaló mi entrepierna, suave y nueva.

—Oh, te los pondrás —susurró—. Ahora eres una mujer como yo. Suave. Femenina. Elegante. Recatada. De ahora en adelante... y por el resto de tu vida.