Fantasías cumplidas


Estrella se volvió muy popular en el instituto. A diferencia del chico que fue hasta antes del gran cambio, que era timido y pasaba desapercibido; ella era una luminaria. A los seis meses de vivir en su nuevo cuerpo tuvo a su primer novio: Mateo. Un chico popular: seguro, con una sonrisa fácil y miembro del equipo de fútbol.

Un día, él la invitó al cine. Sentada en la butaca oscura, con el brazo de Mateo alrededor de sus hombros, sentía el calor de su cuerpo y el olor de su desodorante.

La película era una de acción predecible y, a los treinta minutos, Mateo bostezó exageradamente. Su mano, que hasta entonces reposaba inofensiva en su hombro, inició un descenso lento y deliberado por su brazo. Estrella se tensó, un microgesto que solo ella percibió. La mano de Mateo encontró la rodilla desnuda que asomaba bajo la falda del uniforme. El pulgar de Mateo comenzó a trazar círculos suaves en la piel de ella.

Luego, con una naturalidad que a Estrella le pareció aterradora, su mano se deslizó bajo la tela de la falda, posándose en su muslo. El tacto de su palma, áspera y caliente contra su piel suave, fue como una descarga. Un zumbido llenó sus oídos, ahogando los explosiones de la pantalla. Esto está pasando, pensó.

La mano de Mateo subió un poco más, firme, posesiva. No era una caricia de exploración, era una caricia de propiedad. Y entonces, se detuvo. No llegó a tocar su ropa interior, a cruzar esa última frontera. Se quedó allí, palmeando su muslo con una calma premeditadq, como si ya tuviera derechos adquiridos sobre ese ella.

Bombardeada por las imágenes de la película que ya no veía, la mente de Estrella estalló en un conflicto silencioso.

Por años, había fantaseado con un momento como este. Pero ella era Esteban,  un chico, y era él el que metía su mano bajo la falda de una chica. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. La realidad, cruda y distorsionada, le golpeó con toda su fuerza.

No soy yo quien explora. Es mi cuerpo el que está siendo explorado.

La fantasía de Esteban se había cumplido de la manera más retorcida posible. Él no era la mano, era la pierna bajo la falda. No era el explorador, sino el territorio conquistado. No era el sujeto del deseo, sino su objeto. Mateo estaba haciendo, con una tranquilidad exasperante, exactamente lo que el chico que alguna vez fue había anhelado hacer. Y ella lo estaba disfrutando desde la posición de una chica.

Pero la otra parte, el fantasma de un chico tímido de trece años, se estremecía de horror en el rincón más oscuro de su conciencia. Asistía, impotente, a la profanación de su propio sueño.