Mi empresa, mi orgullo, se desmoronaba. Las deudas me ahogaban. Una noche, desesperado, vi una estela fugaz cruzar el cielo. "Por favor", susurré, "salva mi empresa".
El mundo se desvaneció.
Al despertar, la textura de las sábanas era distinta, más suave. Mi cuerpo... era ligero, tenía curvas nuevas.
Abrí el closet: un arcoíris de faldas y vestidos donde antes colgaban trajes grises. Una extraña certeza me guió. Me puse un vestido azul, medias negras y una blusa de seda.
En la convención, el aire era diferente. Las sonrisas eran más cálidas, los apretones de mano, más lentos, mas suaves. Los clientes, antes esquivos, se acercaban con una chispa en la mirada que reconocí de inmediato: era el mismo brillo con el que yo solía ver a las mujeres guapas. Sus ojos se deslizaban hacia mis piernas, sus cumplidos tenían un doble filo.
Cerrando tratos con una sonrisa coqueta que me salía automáticamente, me di cuenta que con el dinero que estaba ganando la empresa estaba salvada. La amabilidad era un manto sedoso que facilitaba todo.
Un importador, cuyo apretón de mano fue innecesariamente largo, me pidió una cita, yo lo conocía de antes. Era un hombre poderoso que se movía en autos de lujo. Ahora me parecía muy guapo. Sus ojos estaban posados en mis piernas...
"Sí", dije, con una voz que aún no era del todo mía.
Ahora, aprendo a vivir en este nuevo cuerpo, donde cada sonrisa es una moneda y cada mirada, un precio a pagar. Sé que esta noche después de mi primera cita tendré sexo como mujer por primera vez. Es un pequeño precio a pagar por salvar mi empresa.
