Lucha Olímpica


Hasta hace unos meses era un niño de 12 años, de nombre Hernán, con afición por la lucha olímpica. Practico desde los 8, y a esa edad conocí a mi mejor amigo, Lucas, en el gimnasio donde entrenamos. Éramos mejores amigos y también rivales. Casi siempre las competencias las ganaba uno de nosotros dos. Ambos teníamos una repisa en casa con trofeos de nuestras victorias.

Pero cuando el Gran Cambio sucedió, me convertí en niña. Una niña de 12 años, ahora me llamo Erica. Lucas me visita seguido, así que supo de mi cambio casi de inmediato. Con el tiempo, comenzó a decirme que debía volver al gimnasio. "Seguro triunfarás en la rama femenil", me dijo un día con una sonrisa.

Volví a entrenar porque me gusta mucho el deporte y porque Lucas, al final, me convenció. Gané mi primer torneo y sentí mucha confianza en mí misma. Reté a Lucas a un encuentro amistoso. "Aún puedo vencerte", le dije con ingenuidad. Él aceptó con una sonrisa.

Al estar frente a él, me di cuenta de que era unos 10 centímetros más alto que yo. Antes éramos de la misma estatura. El encuentro fue una masacre: me sometió desde el primer segundo; solo pude intentar defenderme. Mientras luchábamos, pude sentir sus manos en mi cuerpo. Rozó por accidente mi entrepierna y mis pequeños senos más de una vez. Noté que me gustaba la sensación. Al defenderme, adopté poses sugerentes y no pude evitar sonreír mientras lo hacía. Perdí la pelea, pero también perdí mi último resquicio de masculinidad. No tenía sentido negarlo. Me gustan los chicos. Me gusta Lucas.