Socios

 

El taller olía a cedro recién cortado y a tradición. Para Marco y para mí, ese aroma había sido nuestra religión durante una tres años. Éramos socios, compañeros de oficio que se entendían con una mirada. Yo era el carpintero rudo, con manos callosas y una fuerza que él, más delgado y cerebral, admiraba. Hasta que llegó el Gran Cambio.

Ahora, el serrín se me pega a la piel de una manera diferente. Mis viejas camisas de franela me quedan holgadas en los hombros pero se ajustan, de un modo exasperante, a mis caderas y a mis senos. Marco intenta actuar con normalidad, pero su mirada se desvía, rápida y confundida, hacia las nuevas curvas de mis nalgas cuando me inclino sobre la sierra.

La confusión es un nudo en mi garganta. Él es mi socio, mi amigo. Debería horrorizarme esta atracción que brota como una mala hierba en el terreno de nuestro compañerismo. Pero mi cuerpo… este cuerpo traicionero tiene sus propios deseos. Un calor húmedo me recorre cuando su brazo roza el mío al pasar una tabla. Es un eco de un deseo que nunca antes había sentido por él...

Hoy, bajo mis pantalones de trabajo, hay un secreto de encaje. Una tira delgada, una tanga, que se hunde en un pliegue de mi carne que ahora es suave y accesible. Es un acto de locura, un mensaje cifrado que solo yo entiendo. Cuando me agacho para recoger un clavijo, lo hago con una lentitud deliberada, arqueando la espalda de una manera que sé es una invitación. Siento la tela ajustada, un recordatorio constante de mi feminidad y de la mirada que espero atraer.

Marco carraspea. "¿Esa… esa pieza está lista?" Su voz suena áspera.

Me enderezo lentamente, encontrando sus ojos. Están fijos en mí, oscuros, y en ellos no veo al compañero de siempre. Veo a un hombre desconcertado por una mujer que lo provoca.

"Así es," susurro, y mi propia voz me suena extraña, cargada de una calidez que no estoy fingiendo.

Dentro de mi cabeza, la batalla es feroz. "Es Marco. Tu amigo. Tu socio." Pero mi cuerpo no escucha. Mi cuerpo recuerda el peso de su mano en mi hombro ayer, y cómo un escalofrío me recorrió toda la espina dorsal. Mi cuerpo anhela que esa mano baje por mis pantalones, que me explore, que me posea.

No puedo luchar contra esto. Esta necesidad es más fuerte que mi orgullo, más fuerte que mi pasado. Es un instinto primal que este nuevo cuerpo entiende perfectamente. Mientras sostengo su mirada, sé que está a punto de hacerme suya. Y en el fondo, deseo que pase, deseo que me tome con fuerza, que me de como cajón que no cierra, que me haga gemir y termine de volverme mujer.


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