Cabaret
Mi sueño siempre fue bailar, pero como hombre, apenas conseguía trabajos esporádicos y mal pagados. El gran cambio me transformó en mujer, y de pronto, las puertas del cabaret se abrieron para mí. Ahora soy la estrella de un espectáculo nocturno, envuelta en lentejuelas y seda, con atuendos que destacan cada curva de este nuevo cuerpo.
Las miradas masculinas, cargadas de un deseo que casi puedo tocar, al principio me intimidaban y ahora me empoderan. Susurros, silbidos y proposiciones se han vuelto la banda sonora de mis noches. La gente es distinta conmigo ahora, más amable, más solícita, el mundo parece girar con una dulzura que nunca concedió al hombre que fui.
Y en la intimidad, he descubierto el éxtasis de ser mujer. La entrega, la capacidad de sentir el placer hasta estremecerme... es una sinfonía sensorial que mi antiguo yo nunca llegó a concebir. Este cuerpo no solo se mueve con mejor ritmo, sino que ha reescrito por completo la danza del deseo. A veces pienso que aquel cambio no me quitó nada, sino que me entregó por fin la vida que anhelaba.


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