El deseo mismo
Cuando el Gran Cambio me transformó en mujer, odié todo sobre este cuerpo: mis nuevos senos, mis nuevas curvas. Extrañaba, sobre todo, a mi amiguito en la entrepierna. Pero con el tiempo, fui sintiéndome cómoda en este nuevo rol.
Me encanta sentir el roce de las medias contra mi piel, ponerme el vestido más ajustado y corto, elegir el cachetero o la tanga acorde a la ocasión, escoger los tacones más altos y desafiantes... y después, en medio del murmullo de la fiesta o la penumbra de un bar, sentir la certeza callada y eléctrica de una mano masculina deslizándose por debajo del dobladillo de mi falda, explorando el territorio secreto de mi entrepierna. Ese primer contacto, cálido y firme contra el encaje, es el instante en el que toda la transformación culmina: dejo de ser la chica del vestido ajustado y me convierto en el deseo mismo.


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