Estrella fugaz

 


Mi mejor amigo, Hugo, atravesaba la noche más oscura. Su padre había muerto, el dinero escaseaba y su novia lo había abandonado. Una noche, al ver una estrella fugaz, mi corazón formuló un único y poderoso deseo: "Por favor, déjame ayudarlo a ser feliz".

La mañana siguiente me reveló el precio—o el regalo—de mi petición: me había convertido en mujer. Al verlo, una chispa de electricidad, completamente nueva pero intensamente familiar, me recorrió el cuerpo. Ahí lo entendí: yo era la respuesta.

Seis meses después, este cuerpo ya me resulta propio. Soy su novia, y nuestra conexión ha sellado una intimidad ardiente. Varias veces a la semana, entre sábanas, aprendo los ritmos de este nuevo ser: cómo arquea la espalda, cómo un gemido se escapa de sus labios. He descubierto cómo darle placer a él, y en ese proceso, he encontrado un éxtasis que nunca antes imaginé. En la entrega mutua, en la forma en que su mirada oscura de dolor ahora brilla de deseo, confirmo que mi deseo se cumplió: he vuelto a poner la felicidad en la vida del hombre que amo.

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