Estrella


Antes del Gran Cambio, yo era Esteban. Un chico de de trece años. Mi existencia era un susurro en los pasillos del instituto: delgado, de una estatura que no destacaba ni para bien ni para mal, y con una habilidad innata para pasar desapercibido. Las chicas no volvían su mirada hacia mí, y los chicos apenas recordaban mi nombre. Era, en esencia, un apunte a lápiz en un margen, fácil de borrar y más fácil aún de olvidar.

Luego llegó el Gran Cambio, y el mundo se dio la vuelta como un calcetín. Donde antes había huesos, ahora había curvas suaves. Donde había una voz que se quebraba, ahora había una risa cristalina. Esteban se fue con la última campanada de aquel día, y en su lugar se levantó Estrella.

El primer día de regreso a la escuela fue una revelación brutal. El mismo edificio de cemento, los mismos pupitres rayados, pero yo ya no era la misma. Y me di cuenta de una verdad fundamental: una chica delgada no es invisible. Es un imán. El uniforme escolar, esa falda plisada que se mecía con cada paso, se convirtió en el centro de un universo de miradas que antes me ignoraban. Sentí el peso de los ojos de los chicos recorriendo mis piernas, mis caderas, mi cuello. Era una sensación agridulce, una invasión que, para mi propio asombro, no llegaba a disgustarme del todo.

Pasé de ser invisible a ser el centro de atención. La popularidad, esa fuerza esquiva que Esteban anhelaba desde las sombras, le fue entregada a Estrella en bandeja de plata. Tuve citas. Descubrí el susurro cómplice en los vestuarios, la sensación de caminar por el pasillo sabiendo que era observada.

Y luego llegó mi priner beso. Durante años, Esteban había fantaseado con ese momento, construyendo castillos en el aire sobre cómo sería, siempre con la sonrisa de una chica como destino final. La ironía del destino, o quizás su cruel sentido del humor, quiso que fuera un chico quien sellara mi boca con la suya. Fue detrás del gimnasio, con el sabor a golosina de fresa en sus labios. Y cuando nos separamos, con el corazón golpeándome el pecho como un pájaro enjaulado, el único pensamiento coherente fue: No importa.

A veces, en un raro momento de quietud, la sombra de Esteban se cierne sobre mí. Lo imagino, pálido y confundido, observándome desde el espejo. Estoy segura de que se horrorizaría. Se avergonzaría de la facilidad con la que me he adaptado, de cómo disfruto de esta atención que se gana con una sonrisa coqueta y la complaciente exhibición de mis piernas. Se sentiría un traidor.

Pero Estrella no. Estrella respira hondo, se ajusta la falda del uniforme y sonríe ante su reflejo. Estrella disfrutó del calor, de la dulzura de ese primer beso, de la embriagadora sensación de ser, por fin, alguien. Y en el silencio de su habitación, un susurro se impone a todos los demás: Esteban tuvo su oportunidad. Ahora es la mía.



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