No puedo salir, tengo miedo
Apreté el picaporte de la puerta, pero no pude girarlo, los nervios me dejaron inmóvil. La suavidad de la piel de mis piernas expuesta, la inestabilidad de los tacones bajo mi pie, todo me parecía una trampa. Respiré hondo y mi voz sonó quebrada.
—Mamá… no puedo salir. Tengo miedo... esta falda, estos zapatos… me siento como un blanco. Los hombres no solo me miran; es como si sus ojos me tocaran. A unos metros de aquí, pude ver la erección de uno de ellos, se le marcaba en el pantalón . Me da vergüenza y pavor salir.
Sentí sus pasos acercarse antes de verla. Su mano, cálida y firme, se posó en mi espalda, justo donde el cierre del vestido dejaba la piel al descubierto. Su voz no era un regaño, sino una afirmación serena.
—Escúchame, corazón. La vergüenza es solo el eco del niño que fuiste. Ya no eres un chico. Este cuerpo que ahora sientes ajeno, que atrae esas miradas, es el cuerpo de una mujer que comienza a florecer. Es hermoso, y es tuyo. Es natural que los hombres se den vuelta a ver el recorrido de tus caderas, la línea de tus piernas, el contorno de tu pecho. No es solo que miren; es que llamas la atención. Y tú tienes que aprender a vivir con ello, a caminar con esto que ahora eres.
Su mirada no me juzgaba, pero sus palabras tallaban una nueva verdad en el aire. No había manera de esconderme ahora yo era esta.


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