Sólo soy mujer
Sé que fui hombre durante veintiún años. Lo recuerdo todo: la certeza en mis gestos, la comodidad en mi propio cuerpo, la ausencia total de dudas. La feminidad no era un anhelo, ni siquiera una curiosidad.
El cambio llegó por error, un intercambio de pastillas en el centro de salud. Una píldora rosa y pequeña en lugar del antihistamínico. Creí en los efectos pasajeros, en una gripe extraña, pero la transformación fue lenta, meticulosa e irreversible. Mi voz buscó nuevos tonos, mis rasgos se suavizaron, mis caderas encontraron un balance distinto. Me convertí en una extraña para mí mismo.
No elegí esto. No fue mi deseo. Y, sin embargo, aquí estoy. Esta es la realidad que respiro. A veces me siento como un actor en una obra que no estudió, pero he aprendido las líneas, he adoptado el papel. La aceptación llegó como una calma resignada, pero luego sucedió algo más: un destello de… disfrute.
Conocí a Adrián cuando aún llevaba a cuestas el fantasma del hombre que fui. No creí que pudiera verme, realmente verme. Pero él se acercó, persistente, y con un deseo que yo aún no reconocía. La primera vez que estuve con él, el miedo fue un nudo en la garganta: ¿sabré cómo agradarlo? ¿Sentirá la diferencia, la historia que mi cuerpo esconde?
Ahora lo sé. Ahora lo siento. Hay un placer profundo y oscuro en complacerlo, en ser su mujer. Cuando sus manos me sostienen y su cuerpo se funde con el mío, cuando me penetra con una certeza que disuelve todas mis dudas, el pasado se desvanece. No es un recuerdo borroso; es una página en blanco. En esos momentos, no hay un "antes". No hay dualidad. Solo hay esta piel, este gemido, esta entrega absoluta.
Solo soy mujer.


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