Un acto de curiosidad


Todo comenzó con un acto de curiosidad. Una tarde, antes de salir a trabajar, me probé unas medias debajo de miz jeans. Yo no era gay, solo era alguien curioso y quería saber por mí mismo cómo era usar medias.

Pero el universo, caprichoso, puso a mi jefe, Darío, en mi camino ese día. Él era la imagen misma de una masculinidad imponente: alto, ancho de espaldas, con una barba tupida que enmarcaba una mirada que parecía no perder detalle. Su mirada se clavó en el leve brillo que delataba el borde de la media bajo mis calcetines, y una sonrisa lenta, cargada de un significado que no supe leer entonces, se dibujó en sus labios.

Hoy, todo es distinto. Ahora uso medias a diario, sin un ápice de vergüenza, pero nunca con pantalones. Los pantalones ya no son una opción para mí. Las faldas y los vestidos son mi único uniforme, la confirmación visible de una verdad que al principio me aterró: ya no soy un hombre.

Darío no se limitó a descubrir mi secreto. Lo tomó, lo moldeó con sus manos firmes y una voluntad de hierro, y lo convirtió en el proyecto de su vida. Me feminizó de manera metódica e irreversible, y al final, ante el altar, me convirtió en su esposa. Fue un proceso forzado, una rendición total.

Sin embargo, en medio de esta vida que no elegí, he encontrado pequeñas y perversas certezas. Ahora entiendo, por ejemplo, la satisfacción silenciosa y cómoda que da el roce preciso de una media bien ajustada en la entrepierna, un recordatorio constante y suave de la mujer en la que me he convertido.





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