Ha pasado medio año desde el Gran Cambio, el día en que deje de ser un hombre y me volví una mujer.
Y seré honesta: me siento incomoda con mi nuevo sexo y mi nuevo género. No me gusta la forma en que los hombres me miran en la calle. Mi nueva estatura, este cuerpo es pequeñito; mis caderas ahora son amplias; ahoran tengo senos que exaltan mi nueva naturaleza. Mi voz ahora es suave y delicada como el resto de mi cuerpo. Me siento muy frágil en este cuerpo y no me gusta.
Pero existe algo diminuto que sí me gusta: Las faldas cortas. Me encantan.
O, para ser exactos, me encanta la manera en que Alberto, mi mejor amigo, me mira cuando me las pongo. Cómo sus dedos se posan en mis piernas, como si yo le perteneciera. Me gusta cuando baja mis bragas y sube mi falda para entrar en mí. Me gusta cuando me domina y me hace gemir. Y en ese momento me doy cuenta que no tofo es malo con este cuerpo.
