Tal vez si pueda entenderme


Llevo unas semanas aquí, en el lugar donde crecí, todo parece muy similar a como siempre fue excepto por una cosa, mi papá y yo fuimos convertidos por el cambio en mujeres. Ella —mi padre— dirige con la misma mano firme de antes. La respetan igual. La miran con el mismo respeto aunque ahora sus formas sean suaves y su voz más dulce.

Nunca la he visto usar una falda. Su ropa es práctica, casi una traducción femenina de su antiguo uniforme: camisas de trabajo y jeans. Es como si el Gran Cambio solo hubiera pintado de otro color la esencia inquebrantable que siempre fue. Por dentro, sigue siendo él. Y eso hace que mi secreto pese más.

Creo que se decepcionará. No solo cambié de cuerpo; borré al hombre que fui. Lo cambié por la fascinación por los vestidos, por el roce de la seda, por la emoción de que un hombre me mire como a una mujer. Por tener un novio que me desea así. Temo que ella, que conserva tanto del pasado, se decepcione de mi.

Unos días antes de mi regreso a la ciudad, para iniciar el próximo año universitario, me sorprendió: "Haré una comida elegante en la finca" dijo. Su voz era suave, pero llevaba ese tono final que no admitía discusión.

La noche llegó. Me puse un vestido largo, azul noche, que fluía con cada paso. Apliqué maquillaje con cuidado, nerviosa. Imaginaba verla llegar con un traje sastre impecable: femenino, pero de líneas duras, una armadura de gabardina. Sería su declaración silenciosa: Soy mujer, pero sigo siendo quien manda.

Pero no fue así.

La vi aparecer en la puerta, y el aire se me atoró en el pecho. Llevaba un vestido. Un vestido rojo con un ligero escote en el pecho pero tab pegado a su cuerpo que hacía lucir sus curvas. Su cabello, siempre recogido con severidad, caía ahora en ondas suaves sobre sus hombros. El maquillaje realzaba sus ojos, ahora grandes y expresivos, y sus labios brillaban con el mismo rojo del vestido. Y los tacones… altos, delicados, haciendo que su estatura, siempre imponente, adquiriera una gracia nueva y formidable.

Se detuvo ante mi mirada atónita. Una sonrisa —no la sonrisa rara y contenida de mi padre, sino una sonrisa amplia, genuinamente femenina y un poco pícara— le iluminó el rostro.

«¿Qué? ¿Una ranchera no puede arreglarse para su hija?», dijo, y su voz tenía un tintineo juguetón que nunca antes le había oído.

Al acercarme, noté el perfume, floral y cálido. La abracé, sintiendo la suave tela bajo mis dedos. «Estás… increíble», logré decir.

«Tú también», respondió, tomándome del brazo con naturalidad. «Vamos. Que nuestra despedida sea a la altura de lo que somos ahora.»

Camino a ma finca en el coche, el silencio era cómodo. Miraba de reojo su perfil contra la ventana, la seguridad con la que manejaba incluso con esos tacones. Tal vez me había equivocado. Tal vez no éramos tan diferentes después de todo. Quizás ella también tenía sus propios secretos, sus propias rendijas por donde se colaba la mujer que ahora era...