Estás lista




—¡Ay, sí, mi cielo! —exclamó mi madre, y su voz, más dulce que un caramelo prohibido, se derritió por cada rincón de la habitación—. Ahora sí que estás lista para ser la esposa de Matías.

Sus palabras me sonaron a condena entre las costillas. Un sudor frío me bailó en la nuca.

—¡Pero mamá! —salté y hasta a mí me sorprendió mi voz, demasiado aguda—. ¡Soy un hombre!

Ella soltó una sonrisa de esas que saben a poco, y se acercó para acomodarme el collar de perlas en el cuello.

—¿Ah, sí? —preguntó, con un tono que se fue poniendo afilado como una hoja—. Mira. —Su mano de uñas impecables señaló mi reflejo en el espejo—. ¿De verdad usas braguitas, sujetador y medias de hombre? ¿Esta blusa de seda, esta falda que se pega a tus nuevas curvas, es de hombre?

Cada palabra me caía como un mazazo en la conciencia. Sentí la seda traicionera acariciándome la piel, el sujetador apretándome bajo la blusa, las medias demasiado suaves contra mis piernas. Mi cabeza, hecha un lío, intentaba encajar esas sensaciones con el tipo que creía ser.

—¿De verdad usas maquillaje y joyas de hombre? —siguió ella, sin piedad—. ¿Los hombres tienen las tetas así de redonditas, las caderas tan anchas...? —Hizo una pausa de teleculebrón, y su mirada bajó adrede—. ¿Quieres que te recuerde que ya no tienes pito?

Me recorrió un escalofrío de pies a cabeza. Mis propios ojos se fueron solos hacia ese terreno plano donde antes había… algo. Un vacío físico que de repente pesaba más que una losa.

—¿Un hombre  podría ser mamá? —añadió, en un susurro que sabía a amenaza.

—¿Mamá? —tartamudeé, y la palabra me supo a hiel y vinagre. Me invadió una ola de asco y vértigo—. ¿Yo?

—Claro que sí —remató ella, con una sonrisa de triunfo en los labios—. Creo que después de la boda, Matías te va a poner los deberes de esposa bien claritos. Todas las noches. —Cada palabra me pintaba un futuro que me helaba la sangre—. Hasta que ese vientre florezca y quedes preñada. —Se pegó todavía más, y su perfume me atrapó como una niebla que ahoga—. ¡Y yo te voy a ayudar a que seas una buena esposa y madre! No te preocupes, princesa.

Me puso la mano en el hombro, como un yugo de seda y mando. Ante el espejo, la figura vestida de novia me devolvió una mirada llena de pánico mudo. Ya no reconocía al de dentro. Solo veía a la futura esposa de Matías. Y lo más horrible era saber que ese reflejo… era yo.

¿Mi exnovio es una mujer ahora?



 —¿Leo? ¿De verdad eres tú? ¡Dios mío! ¿Mi exnovio es una mujer guapa ahora? ¿Cómo sucedió algo así?

—¡Ay, hola, cariño! Verás, ayudé al nuevo vecino, el Sr. Manzanero, a mudarse a la casa de al lado. Él cargaba los muebles pesados, y yo le seguía quitando el polvo, fregando los suelos y preparándole la cena. Un día me dijo que sería una excelente ama de casa, que anhelaba una esposa como yo. Creí que bromeaba y me reí. Pero él no lo tomó a risa… Me encerró en su casa y me dio una píldora rosa para feminizarme.

—¿Y no te resististe?

—Claro que me resistí, pero fue inútil. Él es un gigante alto y musculoso, y yo era pequeño y débil. Tú misma me dejaste cuando no pude protegerte de aquellos abusadores, ¿recuerdas? La píldora, y unos brebajes que me hizo tomar, convirtieron mis escasos músculos en esta grasa suave y femenina. Ahora soy más frágil que la mayoría de las mujeres… Pero a las mujeres no nos avergüenza la debilidad —dijo con una sonrisa tenue—. Mi esposo siempre me lo repite.

—¿Tu esposo?

—Sí. Tras la transformación, me obligó a ser su esposa. Ahora soy la Sra. Leire Manzanares.





Ironías de la vida

 


Viví mi vida 28 años siendo todo un hombre: guapo, exitoso, buen amante de las mujeres. Era un buen papel, pero la vida le dio un giro a la obra de mi vida. El Gran Cambio me 'convirtió' en mujer. Me dió una nueva identidad.

Al principio me resistí a mi nuevo rol pero eventualmente dejé de pelear. Me rendí. Y en esa entrega, hasta mis memorias cambiaron. Recordaba a mis ex novias no para revivir el placer, sino con la curiosidad de quién quiere aprender algo, me preguntaba ¿cómo se movían? ¿cómo respiraban? ¿cómo recibían? Era un manual de supervivencia que mi alma necesitaba.

Ahora lo sé todo: cómo domar unos tacones de aguja, cómo hacer que una falda baile, qué sombra hace brillar los ojos. El amor me encuentra de nuevo —un éxito, otra vez— pero esta vez en otro bando, en el femenino.

Y a veces, no puedo evitar preguntarme con una sonrisa pícara: ¿Qué cara pondrían esas mujeres que un día me amaron como hombre, si me vieran ahora, arqueándome bajo un hombre, gimiendo y entregándome por completo? La vida tiene un sentido del humor sublime.





Gustos de otaku


A los veinte años, mi historial romántico era una página en blanco. La soledad me impulsó a hacer algo desesperado: responder a un anuncio en internet que prometía encontrar pareja a "cualquier persona". Debería haber sospechado al leer esa frase.

Tras una batería de tests extraños, el veredicto fue claro. Un consultor, con una frialdad burocrática, me mostró una pequeña píldora rosa.

—Con tus gustos de otaku y tu complexión delgada —dijo—, serías una chica muy popular. Conseguirías novio en cuestión de días.

—Pero yo… yo quería una novia —protesté, el corazón encogido—. Además, la letra pequeña dice que los efectos son permanentes. Si cambio, no hay vuelta atrás.

Una sonrisa fría cruzó su rostro mientras deslizaba el contrato que, en mi ansiedad, había firmado sin medir las consecuencias. —Relee la cláusula siete. Podemos obligarte a tomar la pastilla, o puedes tomarla por las buenas… niña.

La elección, en realidad, no existía. Tragué la píldora.

Han pasado cinco meses desde aquel día que partió mi vida en dos. Y, en cierto modo, cumplieron su promesa. Tengo pareja. Se parece mucho a quien yo era antes: comparte mis pasiones friki, mi amor por los mundos de ficción. Pero físicamente es mi opuesto: musculoso, dedicado, una presencia sólida que ahora envuelve mi nueva realidad.

Es increíblemente respetuoso. Cuando estamos solos, no tiene problema en usar pronombres masculinos, reconociendo sin dramas el pasado que cargo conmigo. Me hace sentir segura y cómoda en este cuerpo que aún estoy aprendiendo a habitar.

Su única… "exigencia" digamos, es vestirme. Le encanta elegir para mí atuendos femeninos, sensuales, pero que siempre tienen un guiño friki: un cosplay elegante, una camiseta ajustada de alguna serie de culto. Y en la intimidad… es una fiera. Apasionado, intuitivo, me lleva a unos límites de placer que ni en mis fantasías de antes hubiera podido imaginar. Me hace gozar como una loca.

A veces, en la quietud después del amor, miro nuestras figuras entrelazadas y pienso en la ironía del destino. Quería una novia y ahora yo soy la novia.





La Solución Definitiva




Mi amigo Alejandro siempre decía que mi problema para ligar era la actitud. “Tienes que ser más seguro, más atrevido”, repetía cada viernes y luego se acercaba a las mujeres con una facilidad que a mí me parecía mágica.

Un jueves cualquiera, con una sonrisa que escondía algo, me dijo que tenía la solución definitiva. “Confía en mí, Daniel. Para el sábado, tu problema será historia”.

No pensé que se refería literalmente a cambiar de cuerpo. Me dió una pildora rosa, la tomé y unas horas después, estaba mirándome en su espejo de cuerpo entero, enfundada en un vestido ajustado que seguía curvas que no reconocía como mías. Los tacones altos hacían sonar cada paso con un clac que resonaba con fuerza. Mi cabello, ahora largo y ondulado, caía sobre unos hombros suaves, y mis manos —más pequeñas, más delicadas— llevaban uñas postizas larguísimas.

“Dani”, me llamó Alejandro. Su mirada recorrió mi nuevo cuerpo con una intensidad que me hizo ruborizar—una sensación nueva, cálida, que subió desde el pecho hasta mis mejillas. “Te ves… increíble”.

Salimos esa noche, como tantas otras veces, pero todo era distinto. En el bar, las miradas se posaban en mí de una manera nueva. Alejandro no se separaba de mi lado, su mano siempre cerca, protegiendo, posesiva. Bailamos más juntos, nuestros cuerpos encontrando un ritmo que antes no existía. Reímos más cerca, su aliento caliente en mi oído cuando se inclinaba para decirme algo que solo yo podía escuchar.

Entre la segunda y tercera copa, en un rincón algo oscuro del lugar, nuestros labios se encontraron. No fue un beso  tímido. Fue largo, hambriento, con la urgencia de quien descubre algo que no sabía que buscaba. Sus manos en mi cintura ya no parecían inocentes; me atraían contra él, y yo cedía, sintiendo cómo todo mi cuerpo nuevo respondía con un ardor que me tomó por sorpresa.

Terminamos en su departamento, sin pensar, dejándonos llevar por algo más fuerte que la razón. En la penumbra de su habitación, supo exactamente cómo tocar este cuerpo que era y no era mío. Cada descubrimiento —la sensibilidad nueva de la piel, la curva de mi cadera bajo su palma, la forma en que este cuerpo se arqueaba hacia él— era un territorio extraño y maravillosamente familiar. La madrugada nos sorprendió exhaustos y revueltos entre las sábanas.

Dos días después, entre besos  en mi sofa, me confesó que había dejado a su novia. “No tenía sentido”, murmuró contra mi cuello, sus manos dibujando círculos en mis muslos, ahora suaves y sin vello. “No cuando finalmente tengo lo que realmente quiero”.

Ahora, cuando me besa, me recuerda con una sonrisa traviesa que todo empezó “solo” por mejorar mi actitud. Sus manos, que conocen cada centímetro de mi nuevo cuerpo, me prueban que quizás tenía razón desde el principio.

Eres una mujer de verdad

 


Cariño, no te preocupes, nadie jamás notará que una vez fuiste hombre. Incluso antes de tomar la píldora rosa parecías una muñequita: eras tan afeminado, tan blando, tan débil.

Y ahora, tras la feminización total, con pechos grandes, caderas anchas y con mi hijo dentro de tu vientre, ¡eres una mujer de verdad! Y, por supuesto, ¡las faldas y las medias te quedan mejor que los pantalones!




Semana inglesa


Cuando el Gran Cambio sucedió, yo era un chico de 13 años. Ya comenzaban a llamarme la atención las chicas. Siempre me perdía viendo sus piernas expuestas por las faldas de sus uniformes, aunque nunca me animé a hablarle a una.

Cuando desperté convertido en chica fue un shock. Ahora yo usaba la falda escolar y veía las miradas indiscretas de los chicos hacia mí.

Pero lo más humillante pasó un par de meses después. El ciclo estaba terminando y decidimos irnos de paseo. Aburridos, uno de los chicos sugirió jugar "semana inglesa", ese juego donde un chico y una chica se ponen de espaldas y voltean a la izquierda o a la derecha. Si ambos voltean al mismo lado, se dan un beso. Si voltean a lados diferentes, ella le da una cachetada a él.

Yo era muy consciente de que ahora era una chica y me tocaría jugar con un chico. Así que me negué. Pero me insistieron tanto que terminé aceptando jugar.

Me tocó jugar con Julián. El resultado de nuestras cinco rondas fue 2 besos y 3 cachetadas. Primero le di las cachetadas. Y luego los besos… el primero fue extraño. Ahí estaba yo, usando una falda, bragas, brasier y una blusa, besando a otro chico. No, realmente yo ya no era un chico, sino una chica. Así que no besaba a "otro" chico, sino a un chico. Pero lo peor es que me gustaba. Podía sentirlo en mi vientre y entre mis piernas. El segundo beso me causó una humedad en la entrepierna que nunca había sentido. No tiene sentido negarlo: ahora me gustan los chicos.




En la entrevista


En la entrevista, le pregunté si había algo que pudiera hacer para aumentar mis posibilidades de conseguir el empleo. El jefe me miró y respondió que sí, que existía una cosa. Era un cambio pequeño, me aseguró, pero garantizaba el puesto si accedía.

Acepté sin vacilar y firmé el contrato que me extendió. Acto seguido, una secretaria de belleza impactante entró en la sala y me ofreció una pastilla rosa. Al ingerirla, una oleada de calor me invadió y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, todo se sentía distinto. Me incorporé y mi mirada se cruzó con la del espejo. Entonces lo comprendí todo. Ahora poseía la figura esbelta y sensual de una mujer joven, ataviada con el uniforme femenino de la empresa: una ajustada chaqueta, una falda corta a pliegues, medias de rejilla y tacones de aguja. Con manos que ahora lucían uñas largas y esmaltadas, palpé mis nuevos y firmes pechos, asombrada por la extraña sensación. El pánico llegó cuando, al buscar entre mis piernas, confirmé que mi virilidad había desaparecido. Un grito agudo, que no reconocí como propio, escapó de mis labios.

En ese momento, el jefe entró en la enfermería donde yacía. Con una sonrisa de satisfacción, anunció: «El trabajo es tuyo. A partir de ahora, te llamarás Violeta y serás mi nueva asistente personal».

Más tarde, mientras le entregaba unos informes contables en su despacho, su mano se deslizó con familiaridad por mis muslos, enfundados en las sedosas medias. «Podríamos hacer horas extras juntos, Violeta», sugirió, su voz cargada de intención.

«Encantada», respondí con una sonrisa espontánea que me sorprendió a mí misma. Creo que voy a adorar este nuevo trabajo. 





Cómo lo hacen las mujeres

 


¡Me siento tan estúpido con este conjunto rojo! Es decir, ¡estúpida! Después de que mi exnovia se vengara de mí por engañarla transformándome en mujer, ¡al principio no podía creerlo!

Estaba experimentando todas esas nuevas emociones femeninas dándome vueltas en la cabeza, estaba fuera de control.  Entonces Mateo, mi mejor amigo me invitó una copa para que me relajara y para platicarle todo. Nunca debí haberle aceptado ese trago. Esto nunca habría pasado...

No estaba acostumbrado a este pequeño cuerpo y no me di cuenta como me fui emborrachando. Conforme fuimos tomando nos fuimos desinhibiendo y comenzamos a besarnos. ¡Nunca pensé que tendría sexo con mi mejor amigo!



Pienso en todo esto mientras me preparo para la sesión de fotos. Mateo me consiguió un trabajo como modelo, pues no podría seguir siendo cargador con este cuerpo. No podré modelar durante mucho tiempo pero necesito el dinero pues verán...

¡Y es que tengo la peor suerte! Primera vez que tengo sexo con un hombre, ¡y quede embarazada! Ahora Mateo y yo estamos preparando nuestra boda y en ocho meses tendré un bebé. Todas estas hormonas y emociones femeninas me hacen amar ya a mi pequeño hijo, y sé que nunca podría renunciar a él. ¡No sé si podré con todo esto! Mi esposo, mi bebé, la casa, y yo debo ser bonita y femeninas...

¿Cómo lo hacen las mujeres? Solo soy un hombre lidiando con este cuerpo femenino. ¡No puedo con todo esto! No puedo parar de reír, llorar y sentir que todo esto me supera. Estoy aprendiendo a ser mujer y esposa. ¿Cómo voy a ser capaz de ser madre?


La libertad de una falda



Vamos, Sam, cariño, termínate de poner el uniforme escolar. Es hora de ir a tu primera clase. No te preocupes, estuviste practicando todo el fin de semana cómo moverte con la falda; lo harás muy bien.

Mira, ya logré que cambiaran todos tus registros en la administración. Ahora figuras como una joven de dieciocho años llamada Samantha. Samuel ya no existe. Así que anda, mi linda sobrina, sin más excusas. Estoy invirtiendo mucho para que estudies en esta escuela de señoritas, donde recibirás la mejor educación.

Sé que te da miedo que se vean las bragas, pero pronto te encantará la libertad que da una falda. Y ni hablar del poder que tendrás sobre los hombres. 





Intentemos pensar con claridad

  


Bueno, intentemos pensar con claridad. Primero le compré esta extraña poción a ese anciano en esta pequeña y extraña tienda. Dijo que a quien lo beba se le concederá un deseo. Realmente no le creí, pero tragué la poción deseando ser feliz. Recuerdo que me quedé dormido y luego, cuando desperté, estaba aquí, en esta casa que no es mía. Y lo peor de todo es que ya no era un hombre… sino una mujer. No tengo idea por qué, pero esta casa realmente me parece familiar. Hay algunas fotos en la pared y parece que la chica de esas fotos soy yo. Pero no tengo idea de quién es el hombre que está conmigo en esas fotos. 



Tengo una sensación cuando lo miro... una sensación extraña. Supongo que debe ser mi… Dios mío, esto sería lógico, este hombre es mi novio… No, tengo un anillo, así que significa… Oh, mierda, es mi marido. Pero ¿qué pasa con la prueba de embarazo que está sobre la mesa… una prueba positiva? Esta debe ser mi prueba. Este deseo de felicidad apesta totalmente… o tal vez no. Mi marido estará muy feliz de saber esto.




Me resulta natural

 

Llevo tanto tiempo viviendo como mujer que ya no recuerdo cómo era ser hombre. Pensar que todo comenzó contra mi voluntad, el día del Gran Cambio, todavía me parece un sueño distante.

Al principio creí que era un castigo. Extrañaba mi voz, mi fuerza, la forma en que me veía en el espejo. Pero el tiempo fue borrando esas memorias, una a una, como olas que se llevan lo que alguna vez fuimos.

Hoy me sorprende lo natural que me resulta todo: elegir una falda, pintarme los labios, caminar con paso ligero. Aprendí a confiar en otras mujeres, a compartir risas y secretos, a entender la dulzura y la fortaleza que coexisten en nosotras.

También aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Ya no desde la rivalidad ni desde la envidia, sino desde una curiosa ternura. Me gusta cuando me tratan con respeto, cuando me llaman “señorita” o “damita”. Y me fascina cuando me montaña o me ponen en cuatro. En esos momentos siento que mi identidad se afirma, que este cuerpo y esta vida me pertenecen.

A veces pienso en el pasado, pero solo como quien recuerda un libro que ya terminó.
Porque ahora sé quién soy.
Y estoy segura de que ya no hay vuelta atrás.




No queda nada del chico que fui



Desde que tengo memoria, sentí que mi alma era y siempre ha sido de mujer. A pesar de que mi cuerpo era masculino. En cuánto me dejaban solo me probaba la ropa de mis hermanas y deseaba ser una de ellas.

Llegó el Gran Cambio. Y transformó mi cuerpo, ahora tenía curvas, suavidad, armonía. Por fin, me veía en el espejo cono realmente soy. Cada día que pasa, aquel niño se desvanece como un eco lejano. Ahora, siento la levedad de los vestidos,  de las faldas, de los bikinis, el balanceo de mis caderas, la dulzura en mi voz. Cultivo mi feminidad con la devoción de quien riega un jardín.

No queda nada de él en mí. Y esa ausencia es mi plenitud. Nunca me gustó ser chico. Amo, con un amor profundo y tranquilo, ser la mujercita que siempre fui.