En la entrevista


En la entrevista, le pregunté si había algo que pudiera hacer para aumentar mis posibilidades de conseguir el empleo. El jefe me miró y respondió que sí, que existía una cosa. Era un cambio pequeño, me aseguró, pero garantizaba el puesto si accedía.

Acepté sin vacilar y firmé el contrato que me extendió. Acto seguido, una secretaria de belleza impactante entró en la sala y me ofreció una pastilla rosa. Al ingerirla, una oleada de calor me invadió y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, todo se sentía distinto. Me incorporé y mi mirada se cruzó con la del espejo. Entonces lo comprendí todo. Ahora poseía la figura esbelta y sensual de una mujer joven, ataviada con el uniforme femenino de la empresa: una ajustada chaqueta, una falda corta a pliegues, medias de rejilla y tacones de aguja. Con manos que ahora lucían uñas largas y esmaltadas, palpé mis nuevos y firmes pechos, asombrada por la extraña sensación. El pánico llegó cuando, al buscar entre mis piernas, confirmé que mi virilidad había desaparecido. Un grito agudo, que no reconocí como propio, escapó de mis labios.

En ese momento, el jefe entró en la enfermería donde yacía. Con una sonrisa de satisfacción, anunció: «El trabajo es tuyo. A partir de ahora, te llamarás Violeta y serás mi nueva asistente personal».

Más tarde, mientras le entregaba unos informes contables en su despacho, su mano se deslizó con familiaridad por mis muslos, enfundados en las sedosas medias. «Podríamos hacer horas extras juntos, Violeta», sugirió, su voz cargada de intención.

«Encantada», respondí con una sonrisa espontánea que me sorprendió a mí misma. Creo que voy a adorar este nuevo trabajo.