Mi amigo Alejandro siempre decía que mi problema para ligar era la actitud. “Tienes que ser más seguro, más atrevido”, repetía cada viernes y luego se acercaba a las mujeres con una facilidad que a mí me parecía mágica.
Un jueves cualquiera, con una sonrisa que escondía algo, me dijo que tenía la solución definitiva. “Confía en mí, Daniel. Para el sábado, tu problema será historia”.
No pensé que se refería literalmente a cambiar de cuerpo. Me dió una pildora rosa, la tomé y unas horas después, estaba mirándome en su espejo de cuerpo entero, enfundada en un vestido ajustado que seguía curvas que no reconocía como mías. Los tacones altos hacían sonar cada paso con un clac que resonaba con fuerza. Mi cabello, ahora largo y ondulado, caía sobre unos hombros suaves, y mis manos —más pequeñas, más delicadas— llevaban uñas postizas larguísimas.
“Dani”, me llamó Alejandro. Su mirada recorrió mi nuevo cuerpo con una intensidad que me hizo ruborizar—una sensación nueva, cálida, que subió desde el pecho hasta mis mejillas. “Te ves… increíble”.
Salimos esa noche, como tantas otras veces, pero todo era distinto. En el bar, las miradas se posaban en mí de una manera nueva. Alejandro no se separaba de mi lado, su mano siempre cerca, protegiendo, posesiva. Bailamos más juntos, nuestros cuerpos encontrando un ritmo que antes no existía. Reímos más cerca, su aliento caliente en mi oído cuando se inclinaba para decirme algo que solo yo podía escuchar.
Entre la segunda y tercera copa, en un rincón algo oscuro del lugar, nuestros labios se encontraron. No fue un beso tímido. Fue largo, hambriento, con la urgencia de quien descubre algo que no sabía que buscaba. Sus manos en mi cintura ya no parecían inocentes; me atraían contra él, y yo cedía, sintiendo cómo todo mi cuerpo nuevo respondía con un ardor que me tomó por sorpresa.
Terminamos en su departamento, sin pensar, dejándonos llevar por algo más fuerte que la razón. En la penumbra de su habitación, supo exactamente cómo tocar este cuerpo que era y no era mío. Cada descubrimiento —la sensibilidad nueva de la piel, la curva de mi cadera bajo su palma, la forma en que este cuerpo se arqueaba hacia él— era un territorio extraño y maravillosamente familiar. La madrugada nos sorprendió exhaustos y revueltos entre las sábanas.
Dos días después, entre besos en mi sofa, me confesó que había dejado a su novia. “No tenía sentido”, murmuró contra mi cuello, sus manos dibujando círculos en mis muslos, ahora suaves y sin vello. “No cuando finalmente tengo lo que realmente quiero”.
Ahora, cuando me besa, me recuerda con una sonrisa traviesa que todo empezó “solo” por mejorar mi actitud. Sus manos, que conocen cada centímetro de mi nuevo cuerpo, me prueban que quizás tenía razón desde el principio.
