Llevo tanto tiempo viviendo como mujer que ya no recuerdo cómo era ser hombre. Pensar que todo comenzó contra mi voluntad, el día del Gran Cambio, todavía me parece un sueño distante.
Al principio creí que era un castigo. Extrañaba mi voz, mi fuerza, la forma en que me veía en el espejo. Pero el tiempo fue borrando esas memorias, una a una, como olas que se llevan lo que alguna vez fuimos.
Hoy me sorprende lo natural que me resulta todo: elegir una falda, pintarme los labios, caminar con paso ligero. Aprendí a confiar en otras mujeres, a compartir risas y secretos, a entender la dulzura y la fortaleza que coexisten en nosotras.
También aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Ya no desde la rivalidad ni desde la envidia, sino desde una curiosa ternura. Me gusta cuando me tratan con respeto, cuando me llaman “señorita” o “damita”. Y me fascina cuando me montaña o me ponen en cuatro. En esos momentos siento que mi identidad se afirma, que este cuerpo y esta vida me pertenecen.
A veces pienso en el pasado, pero solo como quien recuerda un libro que ya terminó.
Porque ahora sé quién soy.
Y estoy segura de que ya no hay vuelta atrás.

