No queda nada del chico que fui



Desde que tengo memoria, sentí que mi alma era y siempre ha sido de mujer. A pesar de que mi cuerpo era masculino. En cuánto me dejaban solo me probaba la ropa de mis hermanas y deseaba ser una de ellas.

Llegó el Gran Cambio. Y transformó mi cuerpo, ahora tenía curvas, suavidad, armonía. Por fin, me veía en el espejo cono realmente soy. Cada día que pasa, aquel niño se desvanece como un eco lejano. Ahora, siento la levedad de los vestidos,  de las faldas, de los bikinis, el balanceo de mis caderas, la dulzura en mi voz. Cultivo mi feminidad con la devoción de quien riega un jardín.

No queda nada de él en mí. Y esa ausencia es mi plenitud. Nunca me gustó ser chico. Amo, con un amor profundo y tranquilo, ser la mujercita que siempre fui.