Mi novia me dejó. Después de tres años juntos, se fue sin mirar atrás.
Dijo que no era feliz que necesitaba algo distinto.
A alguien distinto.
Me la encontré un par de semanas después, iba del brazo de otro y luego lo besó.
Él era más alto. Más guapo. Más… varonil.
En mi desesperación, terminé entrando a una tienda de tarot. No sé por qué. Quizá buscaba una respuesta. O venganza.
La mujer que me recibió tenía ojos como brasas apagadas.
—Ella ya es feliz —dijo, sin que yo dijera nada—. Pero yo puedo ayudarte a ti… a ser feliz también.
Me tiró las cartas.
El Colgado. La Muerte. La Emperatriz.
—Vas a soltar lo que creías ser. Y entonces, vas a florecer.
Y lo hice. Han pasado tres meses.
Ahora me llamo Valeria. Tengo un novio que me trata muy bonito y me hace reír como nunca. En la cama es una bestia también es bestia, me embiste con fuerza y me llena de placer todos los días.
Ahora soy otra, y no solo por fuera… por dentro, también.
Al principio me daba mucho miedo tener sexo con este cuerpo sabía que el sexo como mujer no sería igual a hacerlo como hombre. Y no lo es. Es mejor. Más intenso, más dulce, más profundo.
Nunca imaginé que perderla significaría encontrarme. Pero ahora lo entiendo.
La tarotista no me mintió. Me mostró el camino. Y lo recorrí con tacones.
