Durante un viaje a Egipto, encontré un anillo ancestral. Al limpiarlo, liberé a un genio que me concedería tres deseos, con una condición: debía pedirlos todos juntos. A mis 45 años, sintiendo que la vida se me había escapado sin una familia, creí tener la solución. Con premura, deseé: "Quiero ser más joven, tener una pareja y una hija".
Al despertar, la realidad se había reorganizado de la manera más literal y brutal. Mi voz era suave, mi cuerpo, joven y femenino. Un hombre roncaba a mi lado y el llanto de un bebé provenía de una cuna. Cuando mi "esposo" despertó, me dio una palmada casual en las nalgas. Un escalofrío, mezcla de sorpresa y una vergonzosa familiaridad, me recorrió la espalda. En ese instante, comprendí con una claridad absoluta la trampa de mi deseo y el irrevocable de mi nuevo destino. Mi único camino ahora era aceptar mi lugar: ser una esposa y una madre.

