Los hombres te mirarán a menudo

 


Mis dedos se enredaban en el plisado de mi falda. "Mamá... tengo miedo". Dije, sintiendo un torbellino dentro de mí.

Cada paso fuera de casa era una prueba. La falda, un peso traicionero que susurraba alrededor de mis muslos. Las medias, una segunda piel sedosa que ceñía mis piernas. Y los tacones, una arquitectura perversa que forzaba mi cuerpo en un balanceo antinatural, una cadencia femenina. 

"Me da vergüenza caminar por la calle", confesé, sintiendo el rubor subir por mi cuello. Era la vergüenza de ser un espectáculo, de sentir mi andar diseccionado por miradas invisibles. "Los hombres me miran... He visto a algunos... con un bulto duro en los pantalones".

Esa imagen se había grabado a fuego en mi mente. No era una mirada de admiración, sino de apropiación. Eran miradas que me reducían a la suma de mis nuevas partes: las caderas que oscilaban, el pecho que ahora tenía un peso tangible, las piernas alargadas por los tacones.

Mi madre se acercó con una sonrisa. 

"Está bien, mi niña. No seas tímida". Sus ojos recorrían mi nueva silueta con un orgullo que yo no podía compartir. "Ya no eres un chico".

Puso la mano en mi hombro y continuó. 

"¡Eres una jovencita hermosa!", declaró, como si la belleza fuera un consuelo. "¡Acostúmbrate! Los hombres ahora mirarán a menudo tus pechos femeninos, tus caderas redondeadas y tus piernas bien formadas".