¡Funciono!




Escuché los gritos desde la habitación de mi hermano:

—¡Funcionó! ¡Funcionó!

Entré corriendo a la habitación y ahí estaba… ya no era mi hermano. Era una mujer. Mi nueva hermana.

Me abrazó fuerte, llorando de felicidad. Yo también estaba feliz. Sabía que había ahorrado diez años para comprar esa píldora rosa. La noche anterior habíamos platicado hasta muy tarde juntos. Él no podía conciliar el sueño: tenía muchos nervios de que la píldora no funcionara. Sus gritos de alegría me regresaron al presente

—¡Soy una chica! ¡Mi pene desapareció! ¡Mira mis tetas! ¡Míralas!

La miré tan alegre que también comencé a llorar de alegría.

—Tengo mucho que enseñarte —le dije, secándome las lágrimas—. Te enseñaré a moverte con faldas, a maquillarte y a ser coqueta. Me acompañarás a los viernes de fiesta. Vas a ser toda una rompecorazones.

Esa noche, mientras ella se probaba su primer vestido frente al espejo, me quedé mirándola desde la puerta. Movió las caderas despacio, se tocó el cabello, sonrió… y luego me vio por el reflejo.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con una sonrisa pícara.

Me acerqué por detrás, le bajé un tirante del vestido y le susurré al oído:

—Te va a gustar mucho más cuando te enseñe cómo poner a un hombre a tus pies.

Esa noche, entre risas y susurros, le mostré que ser mujer también sabía a piel, a besos prohibidos y a dedos que exploran donde nadie ve.