Tenía 24 años y estuve casada con un hombre cuatro años mayor durante tres años. Al principio, mi esposo fue frío, egoísta y grosero, especialmente en la intimidad, donde sus actitudes me causaban mucho malestar. Siempre ponía excusas para evitarlo.
Hace un año, mi esposo sufrió un cambio repentino: despertó convertido en mujer. Fue un golpe duro para los dos. Ahora ella tiene cuerpo delgado, caderas anchas y pechos, y perdió por completo la testosterona.
Pero ese cambio trajo algo bueno: ahora es dulce, sumisa y obediente. Nuestra vida sexual desapareció, y a mí me vino de maravilla. Ella duerme en otra habitación.
Poco después, por primera vez, la vi haciendo tareas del hogar. Le compré ropa femenina y la animé a usarla siempre. Al poco tiempo, me ascendieron en el trabajo y decidí que ella dejara el suyo para ser ama de casa. Aceptó sin quejarse.
Luego la fui llevando más lejos: la vestí como sirvienta, con delantal y uniforme. Al principio lloró y se resistió, pero terminó aceptando su nuevo rol. Ahora se llama Karina, mi empleada interna. Hace reverencias ante mí y mis invitados, y muchos ni siquiera saben que antes fue mi esposo.
Sigo sin estar con otros hombres, aunque he salido a cenar con admiradores. Con Karina tengo una relación casi maternal: ella dice estar contenta y más relajada así.
Si no hubiera perdido su hombría, seguro nos habríamos divorciado. Pero a veces la vida sorprende… para bien.
