¿Ves a mi esposa? Es hermosa, ¿no te parece?
Hace tres años, cuando mi ex me dejó con un niño pequeño, decidí que necesitaba una nueva compañera, una que se ajustara a mis gustos. Y resultó que las mejores esposas se hacen… a medida.
Tenía un vecino, Mateo. Un chico solitario de 25 años, de esos que bajan la mirada cuando les hablas. Con una pastilla rosa, un poco de hipnosis y muchos cambios de vestuario, el asunto se arregló. Claro que no le hizo gracia al principio, pataleó como un niño. Pero, ¿qué podía hacer contra un macho como yo?
Ahora ella es Miriam. Y es mía.
La convencí de que en el fondo siempre fue una mujer que necesitaba a un hombre de verdad, alguien que la dominara. Que la poseyera.
Y funcionó. De Mateo pasó a ser Miriam, mi esposa dulce y obediente. En la casa solo yo decido. Ella solo quiere complacerme, servirme. Una maravilla tener a alguien que atiende cada uno de mis caprichos y cuidar de mi hijo.
Entre semana, Miriam se ocupa de todo: la casa, el niño de cinco años que ya le dice "mami". Los fines de semana salimos juntos, como una familia perfecta. Visitas, cine, compras. Suena cursi, pero a mí me divierte. Mucho.
Y cuando mi hijo se duerme… uf, ahí llega lo mejor.
Ver a mi tímida ama de casa quitarse la ropa y dejar al descubierto la lencería que yo elijo para ella… eso me prende. Ver cómo Miriam abre las piernas, cómo toma mi polla una y otra vez, cómo grita mi nombre mientras llega al cielo… orgasmo tras orgasmo… eso, amigo mío, no tiene precio.

