¿Yo era un hombre? A veces sueño que lo soy. En esos sueños tengo quince años: me veo jugando al fútbol con mis amigos, concentrado frente a la pantalla de videojuegos, o incluso tomado de la mano de una novia cuyo rostro nunca alcanzo a distinguir.
Pero no puede ser. Me llamo Lenia y soy una mujer, aunque en mis sueños me gritan "¡Leonardo!". Quizás mi mente me juega una mala pasada. Siempre despierto con una punzada de nostalgia, una sensación de pérdida que se disuelve con la luz de la mañana.
Lo que hace más confusa esta niebla interior es que no tengo recuerdos sólidos de mi vida antes de los dieciséis. El doctor Fraumacher dice que es una amnesia selectiva. "No te esfuerces en recordar", me aconseja con su voz tranquila. "Lo importante es que ahora eres una mujer hermosa y feliz."
Y en parte, tiene razón. Me siento como una mariposa que acaba de salir de su capullo. Me siento ligera, maravillosa. Me encanta ser mujer, la suavidad de mi piel, la curva de mi cintura, la manera en que el mundo me ve y me trata.
Pero en la quietud de la noche, el eco de ese nombre —Leonardo— me susurra que hay un capítulo del libro de mi vida cuyas páginas alguien, o algo, arrancó.
