La tradición familiar


"Ya tienes dieciocho años, Mateo. Es hora de que aprendas las habilidades necesarias para ser una buena esposa".

"¡Pero yo no quiero convertirme en esposa! ¡No quiero usar esta ropa!"

Las palabras salieron de mi boca con un temblor que recorrió mi cuerpo recién transformado. El vestido me cubría como una segunda piel, sus plisados acariciaban mis nuevas piernas femeninas. Los tacones me hacían sentir inestable, tanto física como emocionalmente.

"Yo tampoco quería convertirme en esposa cuando tenía tu edad", confesó mi tía, acercándose para ajustar el collar alrededor de mi cuello. "Pero durante generaciones, los hombres más delicados de nuestra familia se han convertido en esposas. Y tú no serás diferente".

Sus manos, expertas después de años viviendo como mujer, arreglaron los pliegues de mi falda. "Te ves hermosa con ese cuerpo y esa ropa. Te acostumbrarás a usar vestidos, medias y tacones. Pronto comenzarás a salir con un hombre y te hará suya." Sus palabras me hicieron estremecer de una manera que no podía comprender completamente. "Te encantará ser mujer, Matilde. Pronto serás esposa y madre."

Mi tía se inclinó para susurrarme al oído, su voz cargada de una experiencia que yo aún no podía imaginar: "Estarás en cuatro pidiendo más, preciosa. A mí sí me terminó encantando."