A veinte, era un chico que se burlaba de las chicas que posaban ante el espejo del baño. La vida, con su cruel sentido del humor, me cobró la burla: el Gran Cambio transformó mi cuerpo masculino en uno femenino.
Al principio fue un torbellino de confusión y miedo. Luego, la aceptación. Me adapté a mi nueva piel, a mi nuevo nombre, a mi nuevo reflejo en el espejo. Un día, sin pensarlo, levanté el teléfono y tomé mi primera selfie aquí, en este baño iluminado por la luz fría.
Ahora soy una de ellas. De las que se fotografían. De las que buscan el ángulo perfecto, que juegan con la luz y los filtros. En el silencio de este cuarto de azulejos, a veces sonrío ante la paradoja pase de criticarlas a ser una de ellas.

