—¡Estás guapísima, cariño! —me dijo mi tía Larissa—. ¿Ves? Te dije que con el tiempo te acostumbrarías a tu nuevo cuerpo. Ahora eres una mujer de verdad. Cuando el Gran Cambio sucedió, ¿recuerdas cómo llorabas? Ahora mira la sonrisa en tu rostro. Al principio no querías seguir mis consejos, pero ahora confías plenamente en mí. Estoy muy orgullosa de ti, cariño, pero ahora es momento de una pequeña prueba.
—Me gustaría presentarte al hijo de un amigo. Tiene una empresa y una docena de empleados, es un jovencito muy exitoso. Es un hombre muy dominante. Sé que serías perfecta para él. ¿Cómo que para qué? Serás su novia y quizá algún día su obediente esposa… esperemos que todo salga bien entre ustedes. Te verías preciosa con un vestido de novia.
Me mordí el labio sin querer. Ella lo notó y sonrió.
—Ya veo que la idea no te desagrada —susurró, acercándose—. Y cuando él te tome por la cintura y te bese el cuello, vas a olvidar que alguna vez fuiste hombre. Créeme, una mujer dominada por el hombre adecuado… disfruta cada segundo.
Esa noche, antes de dormir, me toqué pensando en él. Y por primera vez, gemí en silencio como una mujer.

