Mía


El sol entraba por la ventana. Tenía a Valeria sentada sobre mí, y me encantaba sentir su peso.

La tomé de la barbilla, firme, para que me mirara a los ojos.

—Mírate —le dije—. La pastilla y las noches juntos te han domado. Antes eras un desastre, un chico problemático que intentó robar en mi casa. Y ahora… ahora eres mía.

Sus ojos se desviaron. La obligué a mirarme de nuevo.

La senté mejor sobre mi regazo y puse mis manos en su trasero, sin vergüenza, apretando con ganas.

—Hoy vuelves a ser mía —seguí, con la voz baja—. Vas a ser complaciente, ¿me oyes? No me falles.

Ella asintió. Siempre asiente. Me gusta eso de ella.

La acerqué más y le susurré al oído:

—Tranquila, no te voy a dejar sola. Me voy a casar contigo. Y quiero que pronto me des un hijo.

Sentí cómo se tensaba un poco, pero también cómo se pegaba más a mí.

Sonrió. Un gesto pequeño, vacío al principio… pero después sus caderas se movieron solas contra mí.

Esa noche la puse en cuatro. La hice gemir hasta quedarnos sin voz. Y cuando terminamos, se giró, me besó y me dijo entre dientes:

—Quiero ser tu esposa. Quiero tu hijo.

Supe entonces que ya no necesitaba sujetarla. Ella ya era mía.