La noche era cálida y la música latía como un corazón. Como tantas otras, salí con Juan a bailar, aunque a diferencia del pasado, ninguno parecía interesado en ligar con otras personas. Yo, en mi nuevo cuerpo femenino, a consecuencia del Gran Cambio, y bajo la seda de mi vestido, temía incluso pensar en tener otra pareja. Al principio, creí que Juan no intentaba ligar con nadie para no dejarme sola.
Pero entre nosotros surgía un ritual nuevo. Su mano se posó en mi cintura para guiarme en la pista, y sentí un escalofrío que no era de nervios... Su mirada ya no era la de un camarada: era intensa, específica, recorriendo la línea de mi cuello, la curva de mis labios recién pintados.
Al girar, su palma se deslizó y tocó mi trasero bajo la tela de mi vestido. El contacto, eléctrico, me detuvo el aire. Un rubor caliente subió por mi nuca. Él no se disculpó; solo apretó ligeramente su mano en una de mis nalgas, mientras su sonrisa esbozaba una promesa en la penumbra. La química entre nosotros ya no era de amigos: era un voltaje tangible, un juego peligroso y delicioso donde cada roce reafirmaba a la mujer en la que me había convertido. Y entonces lo entendí: Juan no estaba ligando con nadie más porque yo era su conquista de esa noche.

