Guado un recuerdo de la secundaria, nítido como una fotografía. En el recreo, mi mejor amigo Sabo y yo, dos chicos comunes, compartíamos secretos sin importancia. "A mí me gustan mucho las niñas con falda", me confesó una vez entre juegos. Yo asentí con una sonrisa sincera: "A mí también". Y era verdad. En aquel entonces, era un gusto inocente del adolescente que fui.
El tiempo dio un vuelco inesperado. Llegó el día del gran cambio, me convertí en una niña. El proceso fue largo, un río de dudas, adaptación y descubrimientos.
Ahora, años después, la vida ha tejido un círculo perfecto. Yo soy una niña que falda. La que cruza el parque con el viento jugueteando en sus piernas, la que elige su ropa cada mañana pensando en verse coqueta. Y Sabo, mi mejor amigo de aquellos recreos infinitos, ahora camina a mi lado con su mano en la mía. Es mi novio.
Sabo, ese niño al que le gustaban las niñas con falda encontró a la suya. Y fui yo.

