El sol entraba por la ventana. Bruno se acercó a mí y me tocó como si fuera de él.
—Mírate —dijo, agarrándome la barbilla con fuerza—. La pastilla rosa transformó tu cuerpo y el sexo todas las noches te han domado.
Quise bajar la vista, pero me sujetó. Me sentó sobre él y puso sus manos en mi trasero sin vergüenza.
—Hoy vuelves a ser mía —siguió—. Sé complaciente. No me falles.
Antes, "fallar" era reprobar un examen. Ahora era negarme a obedecer.
—Tranquila —susurró—. Me casaré contigo. Quiero que me des un hijo pronto. Te encontré robando en mi casa, estabas lleno de problemas… y ahora eres mía.
Me apretó con fuerza. Sonreí sin ganas, asintiendo. Miré la ventana y supe que no había salida. Pero la jaula era cómoda… y ya estaba empezando a disfrutarla.
Esa noche, cuando me puso en cuatro y me hizo gemir, supe que ya no quería escapar. Quería ser su esposa. Quería darle un hijo. Y por primera vez, desearlo no me daba miedo.

