Llegué primero para tener el control. Elegí un motel de esos con luces tenues y espejos en el techo. Me puse un vestido de satén rosa que se deslizaba por mi cuerpo como agua; era tan corto que al caminar sentía el aire. Como toque final, unas zapatillas de tacón alto. Me perfumé con una fragancia dulce y me senté a esperar, sintiendo la humedad de la excitación y los nervios…
Estaba a unos minutos de ver a Beto, mi mejor amigo de la primaria, el de cuando yo era un chico. Mi infancia había quedado muy atrás: el Gran Cambio me había convertido en mujer en plena adolescencia. Aún no decidía si decirle quién era yo en realidad. Quizá sería mejor que no lo supiera.
Cuando escuché los tres golpes en la puerta, sentí que me desmayaba. Abrí y ahí estaba él: metro ochenta y cinco de hombre. Su espalda ancha llenaba el marco de la puerta. Se veía más rudo, más imponente que en las fotos. Me sentí diminuta a su lado.
—Fátima… por fin puedo verte de cerca —dijo con una voz tan profunda que sentí un escalofrío en la columna.
Entró y cerró la puerta con llave; el clic del seguro sonó como una sentencia. Se acercó a mí con pasos lentos, como un depredador que sabe que ya atrapó a su presa. Mientras se acercaba, tuve recuerdos de nuestra niñez que ahora chocaban con mi deseo carnal.
Me tomó de la cintura con sus manos grandes, pegándome a su pecho firme. Tuve que ponerme de puntillas, sintiendo la suavidad del satén contra la rudeza de su pantalón. Comenzó a besarme el cuello, buscando el punto exacto detrás de la oreja, mientras sus manos bajaban por mi espalda, disfrutando la forma de mis caderas.
Sus manos subieron lentamente por el dobladillo de mi falda. Contuve la respiración. Sus dedos rozaron la piel de mis muslos y luego, con una seguridad que me hizo gemir, llegaron a mi entrepierna.
Se detuvo un segundo. Solo uno. Me separó un poco de él para mirarme a los ojos. Yo lo observaba a través de mis pestañas postizas, buscando esa cicatriz en su ceja. Beto sonrió con esa picardía que tenía desde niño, pero ahora cargada de una intención puramente sexual.
—Tienes algo que me vuelve loco, Fátima… y voy a disfrutar cada centímetro de ti —me susurró, antes de cargarme y lanzarme a la cama.
En ese momento supe que, aunque él no sabía quién era yo, la conexión entre nosotros seguía ahí, transformada en algo mucho más intenso y placentero. Se quitó la playera, dejando al descubierto ese pecho moreno y marcado, y yo solo pude morderme el labio inferior, agradeciendo al destino por habernos reunido en aquella habitación. Lo que siguió fue pura magia… y fuego.



























