Chantaje

 


Los partidos los veía con Tobías, mi vecino. En su sofá. Hasta que un día, viendo un gol, sacó su teléfono. Y allí estaba yo. En mi terraza, con un vestido y maquillaje. Sonriendo. Mi corazón se heló: había descubierto mi secreto más íntimo.

Intenté arrebatarle el móvil. Él lo apartó con una sonrisa fría.

"Ni se te ocurra. Las fotos ya están en la nube. La pregunta es… ¿qué estás dispuesto a hacer para que no las comparta con el mundo?"

Me hundí. No podía permitirlo. Y cedí.

Primero fue solo limpiar su casa. Luego llegó el uniforme: un vestido de sirvienta ajustado. Después, los tacones, más vestidos, sesiones de fotos donde me obligaba a adoptar poses femeninas. Cada click era un nuevo eslabón en mi cadena.

Me depilé las piernas. Luego todo. Cada concesión era una foto nueva, más munición para su chantaje.

Hasta que un día, mientras limpiaba, sus manos rodearon mi cintura. Su boca encontró la mía. Y yo… respondí. Un beso que lo cambió todo. Sus manos subieron por mi muslo, bajo la falda, arrancando lo último que me quedaba. Me puso a cuatro patas sobre el sofá.

Ahí lo perdí todo. Mi masculinidad. Mi resistencia. Y en su lugar, descubrí el vértigo salvaje de rendirme. De ser, por fin, su mujer.