Pasaba los días mirando

 


Pasaba mis días en la oficina mirando a mis compañeras. Las faldas ajustadas, los labios pintados, el perfume que dejaban al pasar. Nunca fui irrespetuoso. Pero sí curioso. Muy curioso.

Un día, sin explicación, desperté en un cuerpo que no era mío. Piel suave, cabello largo, curvas donde antes no había nada. Era una mujer. Y estaba atrapado en la misma oficina… pero del otro lado.

Al principio, fue incómodo. Las miradas. Los comentarios. Cómo me escaneaban de pies a cabeza sin pudor.

Pero con el tiempo… empecé a notarlo.

Los hombres me ofrecían café. Me abrían la puerta. Me invitaban a almorzar… y luego a cenar.

Me decían que era hermosa. Que mi risa los volvía locos. Y uno de ellos… me preguntó si quería quedarme a dormir. No dormimos mucho esa noche pero si estuvimos juntos en la misma cama y pude sentir sus embestidas.

No sé si esto fue un castigo o un regalo. Solo sé que ahora entiendo muchas cosas. Y que, de formas que jamás imaginé… me gusta ser la mujer que antes solo sabía mirar.

Azafata

  


El dueño de nuestra aerolínea piensa que soy la mejor azafata del mundo. Al principio, me ordenaron que atendiera su jet privado. Y después de unos cuantos vuelos, que terminaron con las medias rotas y su semilla en mi coño, me pidió que me casara con él...

Me pregunto qué haría si supiera que yo era un chico antes de que mi tía me convirtiera en mujer. ¿Aún me invitaría a su oficina y me haría ponerme lencería y modelarsela? ¿Me embestiría con pasión si supiera la verdad? 




Al fin una buena persona

  


El abuelo siempre dice que la magia es kármica y al parecer este hechizo me estaba dando mi merecido...

Desperté como a las 10 de la mañana del día siguiente, estaba desnudo, mejor dicho desnuda, el vestido y los leggins que lleve a la fiesta estaban arrumbados en una esquina de la habitación. mi ropa interior estaba a los pies de la cama. ¡No puedo creer que fui tan tonto! Yo mismo emborraché a alguna chica para que aceptará acostarse conmigo. Ahora estaba del otro lado y me sentía humillado y vulnerable.

Me vestí y salí corriendo de ahí, Toño seguía dormido. Pensé en hacerle algo malo pero recordé que el hechizo que tenía encima de mí, me obligaba a portarme bien, al menos si quería recuperar mi hombría. Y en ese momento era lo que más deseaba.

Le conté llorando lo que pasó a mamá. Ella me consoló y me dijo que se ocuparía de que Toño tuviera su merecido. Pensar que él se despertaría un día siendo un conejo me ayudó a sentirme mejor...

Después de ello no tuve mi periodo por tres meses parecía que por fin tenía algo de suerte y en dos meses más volvería a ser hombre. Sin embargo me vinieron nauseas y vómitos seguidos durante dos días y mamá insistió en ir a ver al doctor. Me hizo los estudios y me dijo lo que más temía: ¡estaba embarazada!



El abuelo me dijo que era imposible volver a ser hombre con un embarazo y que tendría que vivir como mujer el resto de mi vida. Me sentía desconsolado... desconsolada. Después de saber que estaba embarazada me costó pensar en masculino en mi mismo, comenzaba a aceptar que sería mujer el resto de mi vida.

Mamá me enseño todo lo que debía saber sobre el embarazo y la maternidad me dijo que Toño despareció misteriosamente pero que igual no hubiera sido un buen padre para mi hijo que no me preocupara que ella y el abuelo me apoyarían en todo...

Los nueve meses que pasé cargando a mi hija dentro de mí me enseñaron a amar como nunca antes había amado. Cuando supe que mi bebé sería una niña me hizo mucha ilusión enseñarle todo lo que mamá me había enseñado parece que no aprendí a ser mujer en vano. Toda esta experiencia me transformó... y parece que al fin soy una buena persona. Y una mejor madre.







Mejores amigos





La noche era cálida y la música latía como un corazón. Como tantas otras, salí con Juan a bailar, aunque a diferencia del pasado, ninguno parecía interesado en ligar con otras personas. Yo, en mi nuevo cuerpo femenino, a consecuencia del Gran Cambio, y bajo la seda de mi vestido, temía incluso pensar en tener otra pareja. Al principio, creí que Juan no intentaba ligar con nadie para no dejarme sola.

Pero entre nosotros surgía un ritual nuevo. Su mano se posó en mi cintura para guiarme en la pista, y sentí un escalofrío que no era de nervios... Su mirada ya no era la de un camarada: era intensa, específica, recorriendo la línea de mi cuello, la curva de mis labios recién pintados.

Al girar, su palma se deslizó y tocó mi trasero bajo la tela de mi vestido. El contacto, eléctrico, me detuvo el aire. Un rubor caliente subió por mi nuca. Él no se disculpó; solo apretó ligeramente su mano en una de mis nalgas, mientras su sonrisa esbozaba una promesa en la penumbra. La química entre nosotros ya no era de amigos: era un voltaje tangible, un juego peligroso y delicioso donde cada roce reafirmaba a la mujer en la que me había convertido. Y entonces lo entendí: Juan no estaba ligando con nadie más porque yo era su conquista de esa noche.



 


Tengo miedo


"Oh, querida, eres una jovencita tan linda, ¿verdad, cariño? ¿Estás lista para pasearte con tus hermosos tacones nuevos y para servir a Santiago, uno de los mejores hombres que vino a pedirte matrimonio? ¿No? ¿Entonces por qué tiemblas de tanta emoción, querida?", me preguntó mi tía.

"¡Tengo miedo!"




¿Qué? ¿Dices que tienes miedo? Ay, cariño, no hay nada que temer. Mírate en el espejo, cariño. He usado las habilidades que aprendí a lo largo de los años para convertir a mi pequeño jovencito en una mujer hermosa y sexy, ¿verdad? Fue facilísimo porque te parecías mucho a mí de joven. Y debes admitir lo fácil que fue convencerte de tomar una píldora rosa para convertirte en una niña pasiva y sumisa. Nunca llegarás a ser un hombre. Pasaste de ser un niño débil y cobarde a una princesa hiperfemenina.

"¡Pero me da vergüenza ir con un desconocido en falda y medias!"

"Él no es el desconocido, ¡es tu futuro esposo! Es un hombre de verdad y solo él usará pantalones en tu familia. Siempre irás en falda o vestido y, por supuesto, en medias o medias. Ahora eres una mujer y muchas mujeres solo usan vestidos y faldas. Ahora vete, querida. Sirve la comida y la bebida de nuestro invitado. ¡Cuando te conviertas en su esposa, lo harás todos los días!


10 años

 


Recuerdo la confusión y el miedo como si fuera ayer. Tenía diez años cuando llegó el Gran Cambio. De la noche a la mañana, el mundo decidió que mi vida de niño había terminado. Me costó tanto entenderlo; un día jugaba fútbol con mis amigos, y al siguiente llevaba un uniforme de falda plisada, suave y extraña que mostraba mis piernas.

Lo más difícil no fue el uniforme. Fue la transformación misma, ese cambio biológico forzado y acelerado que rehizo mi cuerpo. Dejé de tener mi pene para tener una vulva. Fue un proceso íntimo, desconcertante y aterrador. Me sentía como un extraño en mi propia piel, que además se estaba remodelando sin mi permiso.

El dolor más punzante vino después, en el patio del colegio. Mis amigos, los niños con los que compartía todos mis secretos, comenzaron a evitarme. Sus miradas ya no eran de complicidad, sino de incomodidad y una curiosidad distante. Se rompió un puente invisible, y yo me quedé al otro lado, sola.

Poco a poco, las niñas, con una intuición sorprendente, me hicieron espacio. Al principio era torpe, no sabía los códigos, las conversaciones. Pero me enseñaron. Y mi cuerpo, siguiendo el nuevo rumbo que le habían impuesto, comenzó a cambiar de nuevo: se redondearon mis caderas, crecieron mis senos, mis curvas se suavizaron hasta formar la silueta de una mujer joven. Aprendí a habitar esta nueva forma, a vestirla, a moverme con ella.

Ahora, diez años después, me miro al espejo. Llevo con gusto el uniforme de colegiala, aunque esta versión es más corta, ajustada, elegida por mí y para una sola mirada: la de mi novio. Una sonrisa juguetona se dibuja en mis labios. La ironía de la vida a veces es perfecta. A aquel niño que luchó con lágrimas contra la falda y la pérdida, ahora le late el corazón de una mujer que encuentra una felicidad tranquila y sumisa en sus brazos. Quién lo diría. El viaje más aterrador se convirtió en el regalo más inesperado.





La apuesta

 

Pensé en cómo había cambiado mi vida en los últimos tres años. Hace tres años soñaba con ser esposo y padre. Pero mi jefe, Rogelio, cambió mi vida por completo: apostó con su amigo que podía convertir a un hombre heterosexual en una mujer real, femenina y sumisa. ¡Ganó la apuesta! 



Ahora soy su esposa. No trabajo, me ocupo únicamente de las tareas del hogar, de cuidar a mi esposo y mi esposo dice que cuando tengamos hijos también me encargaré de ellos. Todas las noches abro mis piernas y tomo una polla dura de mi esposo esperando pronto ser madre...