Pasaba mis días en la oficina mirando a mis compañeras. Las faldas ajustadas, los labios pintados, el perfume que dejaban al pasar. Nunca fui irrespetuoso. Pero sí curioso. Muy curioso.
Un día, sin explicación, desperté en un cuerpo que no era mío. Piel suave, cabello largo, curvas donde antes no había nada. Era una mujer. Y estaba atrapado en la misma oficina… pero del otro lado.
Al principio, fue incómodo. Las miradas. Los comentarios. Cómo me escaneaban de pies a cabeza sin pudor.
Pero con el tiempo… empecé a notarlo.
Los hombres me ofrecían café. Me abrían la puerta. Me invitaban a almorzar… y luego a cenar.
Me decían que era hermosa. Que mi risa los volvía locos. Y uno de ellos… me preguntó si quería quedarme a dormir. No dormimos mucho esa noche pero si estuvimos juntos en la misma cama y pude sentir sus embestidas.
No sé si esto fue un castigo o un regalo. Solo sé que ahora entiendo muchas cosas. Y que, de formas que jamás imaginé… me gusta ser la mujer que antes solo sabía mirar.















